miércoles, 18 de marzo de 2009


CORREO DESDE QUITO (ECUADOR)
Quito, 14 de marzo del 2009.-

Al escritor Miguel Godos Curay
Paita, Perú.-

Admirado compatriota:
Soy el historiador ecuatoriano Jorge Núñez Sánchez. Navegando por la red me he encontrado con su formidable artículo titulado "¡SEÑOR DECANO NO SOMOS PUTAS!". Me parece una noble y sentida vindicación de Manuela Sáenz y de las mujeres de América Latina, siempre expuestas a los embates de los brutos y misóginos.

Me ha encantado su estilo de escritor y polemista. Creo estar leyendo a don Juan Montalvo, justamente exaltado en su temple de combatiente de la pluma por el maestro Otto Morales Benítez.

Lo felicito y le agradezco como hombre, como ser humano y como latinoamericano, por esta valiente vindicación de la mujer y de Manuela, símbolo de la feminidad combatiente.

Por favor, acepte mi mano de amigo y téngame entre los suyos.

Jorge Núñez Sánchez

miércoles, 11 de marzo de 2009

RELACION DE LA MUERTE DE DON SIMON RODRIGUEZ

POR CAMILO GOMEZ, TESTIGO PRESENCIAL (Publicada en El Grito del Pueblo, Guayaquil, jueves 4 de agosto de 1898, con el título:"Dos retratos del natural"). "Sr. Director de "El Grito del Pueblo": Latacunga, Julio.-En esta ciudad posee el señor José María Batallas dos retratos al óleo, uno del Libertador Simón Bolívar, y otro de su ayo don Simón Rodríguez, que se reputan tomados directamente de los personajes que representan. Fueron encontrados entre los trastos de don Simón Rodríguez que existían en la vecina parroquia de San Felipe, donde aquel residió algún tiempo, y se deduce que si alguien debiera tener el retrato verdadero de Bolívar era su ayo. Van a ser estos lienzos exhibidos con una información fidedigna por el señor Batallas en la Exposición Nacional que se proyecta organizar en Quito. El de Bolívar que está algo deteriorado es de medio cuerpo. Tiene bigote, lo que no pasa en ninguno de sus retratos, en que se le presenta afeitado. El de don Simón Rodríguez es de parecido completo según lo atestigua el señor Camilo Gómez, natural de ésta, que lo acompañó por mucho tiempo y a quien aquél consideraba como hijo adoptivo. Refiere éste un interesante episodio de la vida del célebre ayo del Libertador. Cuando al señor Gómez se le enseñó el retrato de don Simón Rodríguez, manifestó su admiración, exclamando: "Sólo le falta hablar". y hizo la siguiente narración de cómo lo conoció y de sus últimos momentos: "Don Simón, dijo, residió en esta ciudad algún tiempo; para vivir daba lecciones de primeras letras a las hijas de una señora Viteri. Lo acompañaba José Rodríguez, a quien quería como a hijo y lo llamaba por el nombre de Cocho. Trabé relaciones de amistad con este joven que era de mi misma edad y con él visitaba la casa de don Simón, el que pronto me consagró especial cariño. Al poco tiempo de conocernos se dirigió don Simón a Guayaquil con su hijo, y los seguí dos meses después. En esa ciudad celebró un contrato con un señor Zegarra para refinar esperma, empresa que fracasó. Acosado por las exigencias de Zegarra para que le devolviera el dinero con que lo habilitara, don Simón Rodríguez resolvió dirigirse al departamento de Lambayeque, en el Perú, llamado por un caballero para que implantara no sé que negocio. Sin esperar embarcación a propósito, nos embarcamos en una balsa de sechuras que se hallaba en la vía. Fuímos arrastrados por corrientes contrarias a causa de un temporal, y sólo mes y medio después pudimos arribar a una caleta de pescadores, que creo se llama Cabo Blanco, habiendo sufrido hambre y sed, pues se nos acabaron los víveres y el agua. Don Simón se encontraba grave. José se trasbordó a una chata y sin decirnos nada nos dejó abandonados. Saltamos a tierra sin recursos; todo el equipaje de don Simón se reducía a dos cajones con libros y manuscritos. Tres semanas permanecimos en la choza de unos indios pescadores, los que al fin me dijeron que no podían continuar manteniéndonos y que don Simón tenía una enfermedad que podía contagiarlos. Logré convencerlos de que era hombre importante aquel viejo enfermo y que podría reportarlos alguna utilidad, si me acompañaban hasta algún pueblo cercano. Accedieron y me llevaron a Amotape cerca de Paita. Me dirigí a casa del cura y le impuse de lo que pasaba. Después de algunas dificultades me proporcionó dos caballos y diez pesos: Regresé con los indios a Cabo Blanco. Hice montar a don Simón y lo conduje a Amotape. Al llegar a la entrada del pueblo ví con gran sorpresa presentarse algunos hombres, que nos salieron al encuentro y nos detuvieron diciéndonos que tenían orden del cura para llevamos a su quinta que estaba cerca.Tomamos ese camino y llegamos a la casa de la quinta en la que no había más que una habitación, con una silla vieja y en el rincón un poyo de barro en el que acosté a don Simón. El cura no volvió a acordarse de nosotros, y nos faltaba todo. Ignoraba yo la causa de este abandono. Todos los días iba al pueblo a buscar el alimento para don Simón, que era preparado por una señora caritativa. Me dijo entonces ésta, que el cura había prohibido la entrada al pueblo a don Simón y prohibido que lo visitaran los habitantes porque había descubierto que era un hereje. Todo el mundo temía aproximarse a la quinta; y esquivaban hasta tener trato alguno conmigo. Aislado y sin medios de asistencia sufría lenta agonía el enfermo, hasta que las señoras Gómez, hermanas del señor Manuel Gómez de la Torre, que por entonces estaban tomando baños en la Brea, vinierona visitarlo acompañadas de dos padres jesuítas. Don Simón que estaba acostado los miró con profunda indiferencia y se volvió del lado contrario, sin dirigirles la palabra. Pasaron algunos días y me sorprendió una mañana don Simón diciéndome que fuera a llamar al cura. Me dirigí a casa de éste, y fuí mal recibido; el cura me contestó que no quería ver a un protestante. Insistí, manifestándole que deseaba confesarse el enfermo. Entonces convino en acompañarme. Don Simón tan luego lo vió entrar se incorporó en la cámara, se sentó, hizo que el cura se acomodara en la única silla que había y comenzó a hablarle, algo así como una disertación materialista.El cura quedó estupefacto y apenas tenía ánimo para pronunciar algunas palabras tratando de interrumpirlo. Era yo muy joven y no comprendía el alcance de 10 que decía don Simón, sólo recuerdo que manifestaba al cura que no tenía más religión que la que había jurado en el Monte Sacro con su discípulo. Volviéndose hacia mí, díjome que saliera. La conferencia fue larga. Cuando salió el cura iba más tranquilo y más complacido de lo que estaba al venir. A las 11 de la noche del día siguiente comenzó la agonía de don Simón Rodríguez; a intervalos exclama: ¡Ay mi alma! Espiró y permanecí cerca del cadáver hasta la madrugada. Me dirigí al pueblo a participar lo ocurrido al cura, el que me trató rudamente por haberlo despertado tan temprano. Una señora que me vió salir llorando, se acercó a consolarme y me aconsejó que escribiera al cónsul de Colombia en Paita; lo que hice inmediatamente. Recibí al día siguiente la contestación firmada por el señor Emilio Escobar, que encargaba se hiciera el entierro a su costa. El cura entonces sufragó los gastos y aun ordenó que se colocara el cadáver en un nicho que existía en el cementerio. Además, tal vez por orden del cónsul, me proporcionó un vestido de paño y diez pesos. Cuando me proponía dejar el pueblo se presentó Cocho y acompañado de éste nos dirigimos a Paitá, llevando los dos cajones de libros de don Simón. En ese puerto encontramos a los ecuatorianos señores García Moreno, Rafael Carvajal, José María Cárdenas y otros emigrados, a los que referí la muerte de don Simón Rodríguez. García Moreno tomó de entre los papeles contenidos en el cajón una carta de Bolívar a su maestro. Protegido por aquellos caballeros y con recomendaciones de la señora Manuela Sáenz, partí para Panamá, pues creía que yo era hijo de don Simón y tanto ella como los emigrados no me trataban por mi apellido sino por el de Rodríguez. Tal es la relación que nos ha hecho el señor Camilo Gómez.Le preguntamos si recordaba el año de esos sucesos; y nos dijo que creía fuese el 56 o el 58. El señor Gómez es un anciano formal y honrado y que está en pleno uso de sus facultades. El Corresponsal. * Cuando muere Don Simón Rodríguez en Amotape, Manuelita Sáenz se encontraba en Paita.Según el testimonio de Camilo Gómez doña Manuela le auxilió y facilitó el viaje a Panamá.

domingo, 18 de enero de 2009

VIAJE AL PUEBLO EN DONDE MURIÓ "LA LIBERTADORA"





Por: Alfredo Molano Bravo /
Especial para El Espectador ( Bogotá,Jueves, 20 de abril de 2006)
« Hoy se recuerda más como una amante de Bolívar que como una patriota que luchó hombro a hombro con los soldados en las batallas de Junín y Ayacucho, y que fue nombrada por Sucre en el campo de batalla Coronel de los ejércitos patriotas »

LA OTRA MANUELA

Piura es la puerta de Paita. Allí, algo de desierto comienza a respirarse, de ese desierto que rodea por el norte, por el sur y por el poniente al Perú, un país que Bolívar ambicionó pero nunca amó. Piura es una pequeña ciudad cercana a la frontera con Ecuador y que gira más en torno de Guayaquil que de Lima. Es el reino del trupillo, un árbol de hojas pequeñas y graciosas, rejudo y espinoso, que da unas vainas largas y olorosas como habichuelas. Nuestra Guajira está llena de ellos.

No es fácil llegar a Paita; el único bus que viaja, sale a las 6 de la mañana y regresa a las 5 de la tarde. Total, hay que ingeniárselas para llegar a ese puerto del Pacífico, donde murió Manuela Sáenz el 26 de septiembre de 1856, a los 48 años, casi a la misma edad que Bolívar. El paisaje que hoy se ve no debe ser muy diferente al que se veía a mediados del siglo XIX, si no fuera por las bolsas plásticas que, arrastradas por el viento, terminan atrapadas en cualquier trupillo.

Es una región plana, monótona y polvorienta. Por trechos hay cabras que cuida un pastor melancólico y sediento. Pero Paita misma tiene un mar azul, y una bahía abrigada que de tarde en tarde es cubierta por una neblina inoportuna y densa. Es el principal puerto del Perú en el Pacífico. Hoy es un pueblo de dos pisos. Arriba está la zona franca repleta de contenedores en fila, fábricas de hielo y varias empacadoras de pescado y de mariscos.

Están construyendo una enorme catedral en cemento armado, gris como el desierto y fea como un búnker. Guarda una estatua en madera de la Virgen de la Merced,venerada por tener una herida en el cuello hecha por un pirata ingles, que la botó al mar dándola por destruida. Tres días después, como cualquier cadáver, el mar la devolvió a la playa.

En el piso de abajo hay un muelle largo, un pequeño depósito y unas grúas. A todo lo largo de la costa pululan las ventas de pescado frito. Todo huele a aceite rancio. La pobreza se arrastra por el muelle. Sobrevive el edificio de la aduana,construido a fines del siglo XVIII . Tiene tres pisos y un mirador que vigila la bahía y que se cae a pedazos. Los vendedores de lotería, los tramitadores de aduana, los negociantes de sandía, colorada y fresca, lo han hecho su sede.

Al frente hay una iglesia, llamada hoy la Antigua Iglesia de la Merced. Construida a principios del siglo XIX, vive cerrada, salvo los domingos. A su lado hay otra iglesia, más vieja, siempre cerrada. En el campanario revolotean golondrinas; en el altar de madera pululan las ratas. No se sabe si Manuela tuvo oficios fúnebres, porque murió siendo una hereje y, además, de difteria, una fiebre infecciosa temida en los puertos.

LA CASA DE MANUELITA

La casa de la Bella Insepulta, como la llamó Pablo Neruda, pasa desapercibida para quien no la busca. Y aun para el que la busca. Nadie da razón de ella. La rodea un secreto, un sigilo que se esconde o que se goza. Manuela Sáenz sigue siendo una desaparecida. Alguien siempre traiciona y señala desde lejos la calle, y en la calle, al disimulo, la casa. No queda al nivel de las otras casas. Tiene un corredor corto con barandas. Está construida en adobe y hoy tiene techo de zinc oxidado. Está pintada con cal de un ocre desteñido.

Hay una placa conmemorativa. Para entrar hay que golpear la puerta de madera, y hacerlo con insistencia y vigor, porque se debe superar el volumen de la telenovela de turno. Una muchacha medio aperezada me abre la puerta y, sin mediar palabra, me ofrece un folleto de dos soles con la estampa de Manuela. Es todo, quisiera decirme, pero yo empujo con la rodilla la puerta y le pregunto: ¿Aquí vivió ella? ¿Dónde dormía? ¿Dónde dormían Jonathás y Nathan? ¿Dónde comía? ¿Dónde murió? ¿Qué fue lo último que vio? La muchacha me mira como a un invasor. Pero nada me responde. ¿Murió en una cama o en la silla de ruedas? La televisión seguía sonando a grito herido. La miré a los ojos: Oye, dime, ¿dónde colgaba la hamaca? "Ahí —me contestó— señalándome una argolla".

En el ángulo opuesto estaba la otra argolla. Es el único resto de Manuela. En su diario, un día de nostalgia escribió: "Estoy sentada frente a la hamaca, que está quieta como si esperara a su dueño. El aire también esta quieto; esta tarde es sorda". En la sala hay una mesa de plástico blanca con asientos, también de plástico; un espejo redondo que alguna vez fue tocador, un sofá
desvencijado, una mesita alta llena de revistas de modas. Atrás hay dos alcobas con tres camas, un armario y las fotos de santos, tías, abuelos, parientes de la familia Godos, quien habita hoy la casa.

Hay una ilustración enmarcada que alguna vez fue portada de una revista con un dibujo de Manuela Sáenz, "Caballeresa de la Orden del Sol". El general San Martín, a quien en Perú se honra más que a Bolívar, la condecoró con esa orden a instancias de Rosa Campuzano, su amiga íntima y querida del Protector. Quizás haya un baño y una cocina en un patio de atrás. Frente hay un parque de esquina con un busto de Bolívar de espaldas a la casa donde su amante vivía. "Doña Manuela nunca —me explica la muchacha— perdió la esperanza de que Bolívar
volviera y de que la muerte de él fuera un embuste. Vivió mirando al puerto. Era mujer muy valiente, se transformaba en hombre para proteger al Libertador".

Manuelita, como la llama el pueblo, es una de las figuras más atractivas de la independencia americana. Hoy se recuerda más como una amante de Bolívar que como una patriota que luchó hombro a hombro con los soldados en las batallas de Junín y Ayacucho, y que fue nombrada por Sucre en el campo de batalla Coronel de los ejércitos patriotas. Fue una de las tantas juanas, de esas mujeres que andaban detrás de las tropas y que combatían al lado de sus hombres. Llevaban la peor parte: alimentar a sus maridos, curarlos cuando eran heridos y enterrarlos cuando morían.
Las relaciones de Bolívar con Manuela fueron apasionadas. Mucho se ha escrito sobre ellas. En la última carta conocida, Bolívar la llamaba: "En mí sólo hay despojos de un hombre que sólo se reanimará si tú vienes. Ven para estar juntos. Ven, te ruego". Pero ella no alcanzó a llegar a Santa Marta. La noticia de la muerte del Libertador la detuvo en Guaduas. Vivió cuatro años más en Bogotá, vigilada y asediada por el gobierno. Optó por exiliarse en Jamaica, como el Bolívar de 1813 y bajo los auspicios de la misma persona, Maxwell Hyslop.

Desesperada entre la pobreza y la soledad, volvió al Quito que adoraba y donde poseía una gran hacienda en litigio. Aún vivía su marido James Thorne, a quien ella había abandonado cuando Bolívar pasó victorioso por Lima. El gobierno de Vicente Rocafuerte la expulsó del Ecuador y así, llegó con sus dos esclavas a Paita. Había dejado en Bogotá un baúl lleno de cartas que se cruzaron con Bolívar, y que sólo unos días antes de su muerte logró trastear a Paita. La vida de Manuela en Paita fue muy dura. Fue un exilio. La pensión que le correspondía como oficial del ejército le había sido suspendida por Santander, y sus bienes en Ecuador confiscados por el gobierno. Vivió asediada por la pobreza y la soledad. "No tengo a nadie. Estoy sola y en el olvido. Desterrada en cuerpo y alma, envilecida por la desgracia de tener que depender de mis deudores que no pagan nunca".

Se rebuscaba con dignidad en lo que podía: amarrando tabaco, haciendo postres de cidra y limón, tejiendo carpetitas. En 1840 "vino a visitarme el señor José Garbaldi, muy puesto aunque un poco enfermo… Jonathás y yo —escribe con picardía— no tuvimos reparo en desvestir a este señor y aplicarle ungüentos en la espalda". Por Paita pasó en 1845 Herman Melville, quien andaba recogiendo información sobre la vida de las ballenas para su novela Moby Dick;
seguramente lo conoció, porque Manuela mandaba todos los días a Jonathás a mirar quién había llegado al puerto. En febrero del 1854 la visitó el maestro de Bolívar, Simón Rodríguez, según ella "el creador de sus desgracias". Fue un encuentro desbordante de alegría al comienzo, que terminó en un abismo. "Hablamos y discutimos, pues defiende a Santander". El viejo se despidió un tanto amargado, diciéndole: "Dos soledades, Manuela, no se hacen compañía". No volvieron a verse. Ricardo Palma, autor de Tradiciones peruanas, la visitó poco antes de su muerte. La encontró en "un sillón de ruedas… abundante en carnes… vestía pobremente… los ojos negros animadísimos en los que parecía reconcentrado el fuego que aún le quedaba".

Dos años después, el general Antonio de la Guerra escribía el 28 de diciembre a su esposa: El 23 pasado a las seis de la tarde dejó de existir nuestra amiga doña Manuela Sáenz... Luego de ser enterrada en el cementerio local, se dispuso de sus bienes sin que hubiera motivo de recato de las autoridades, procediendo a cercar los linderos de su casa y a quemar todo… (para evitar el contagio) con la abominable e infernal enfermedad de la garganta", la difteria. El baúl con la mayoría de las cartas de Bolívar —"ese señor que me forzó a seguir viviéndolo"— se quemó también.

EL PUEBLO DE PAITA
No muy lejos de la casa de Manuela, en un alto, está el cementerio, reinaugurado por un alcalde en 1911. Tiene dos zonas. Una nueva, de galerías y muertos ordenados. El fenómeno llamado el Niño, en 1993 destrozó algunas y muchos esqueletos permanecen al aire. Cuando entré, los deudos de un tal Buenaventura, muerto dos años atrás, le daban una serenata de cumpleaños. Un trío cantaba y los asistentes aplaudían. La viuda lloraba. La zona antigua tiene las tumbas en el piso. Una cruz si eran católicos o una tabla si eran protestantes o desconocidos señala el sitio del muerto. La que dicen que es de Manuelita, tiene su nombre y unas flores azules de plástico. Yo le llevaba un floripondio amarillo que corté a la entrada del cementerio, lo puse en la cruz y volví a rezar con Neruda: "Adiós, Manuela Sáenz, contrabandista pura, guerrillera, tal vez tu amor ha indemnizado la seca soledad y la noche vacía".

De Paita salí para Amotape, el pueblito donde murió Simón Rodríguez No está muy lejos de Paita. Se atraviesa un trecho del desierto, se llega a un puente medio caído que rompió el mismo Niño del 93 y que aún no ha sido reparado. El río al reclamar siempre su lecho ha hecho una zona fértil que interrumpe la aridez. Se cultiva maíz, arroz y algodón. La mayoría de estas tierras, hoy en poder de pequeños campesinos, hacían parte de la famosa hacienda de Casas
Grandes que el general Velasco Alvarado le expropió a una familia alemana y repartió entre parceleros que el gobierno organizó en cooperativa.

En el 95 el Congreso emitió una ley que autorizaba la asociación de campesinos de las cooperativas rurales y transformarse en sociedades anónimas. Hoy los inversionistas están comprando parcelas y reconstituyendo las antiguas haciendas. Al fondo del valle está el pueblo. Cuatro cuadras de largo por cinco
de ancho. Una gran iglesia con altozano, la casa consistorial, tres chicherías y 50 casas que mueren de calor y hastío. A las tres de la tarde, cuando llegamos, no se movía la hoja de un árbol. El viento no pasa por Amotape. A dos cuadras de la plaza principal, llamada de Armas en Perú, está la casa donde murió Simón Rodríguez o Samuel Robinsón o "el diablo en andas", a decir de Manuelita.

El niño que me llevó me explicó por el camino como para evitarme una sorpresa: "¡Pero él ya no vive ahí!". Dónde, le pregunté. Él murió, me respondió con disimulo, y cayó en un silencio ceremonioso de donde salió para agradecerme la moneda que le ofrecí. Es una casa azul de paja que tiene dos habitaciones. En una, a la entrada, hay dos camastros y un arrume de maíz medio gorgojeado. En la otra, un colchón cubierto con un mosquitero. Es triste. Ni una placa, ni una referencia. Como tragado por el tiempo. Al salir ví las argollas donde el viejo debió colgar, como Manuelita, una hamaca para rumiar recuerdos. Simón vivía de una humilde pensión que Bolívar le había dado y que, es previsible, poco o nada le llegaba a un pueblo que a duras penas hoy se sabe dónde queda. Lo enterraron en el suelo de la iglesia.

El sacristán actual, en cuanto nos vio interesados en el ilustre cadáver, no dijo con gran sigilo: "Si ustedes nada dicen, les voy a mostrar a don Simón". Nos llevó detrás del altar mayor. En un rincón había un cajón de madera. La tapa estaba asegurada con unos baldosines rojos. Quitó uno por uno, insistiendo en que nada diríamos, "bajo juramento de personas creyentes", remató al levantar la tapa. Tenía un esqueleto completo y casi bien conservado. Y ¿cómo sabe —le pregunté— que es el de don Simón? Porque lo desenterramos del mismo sitio donde lo metieron. Pero podía ser otro, argumenté. "No —dijo—, no. Yo mismo traje un retrato de él, lo puse a su lado y eran igualitos, igualitos. Don Simón era menudito y tenía el cabello muy largo.

Lo desarregló la gente que quería tocarlo y por limpiarle los ojitos y la boquita, lo destrozó, Pero fue por eso, no por hacerle daño". Me sentí muy conmovido por el privilegio de conocer en persona la momia de quien acompañara al Libertador en el Monte Sacro. "Simón — dicen que dijo Bolívar—: juro libertar a América de esos vergajos". Fue Rodríguez al decir de Manuela quien le metió tantas ideas en la cabeza al Libertador y a quien hace responsable, por tanto, de sus desgracias. A la salida de la iglesia un hombre viejo nos dijo: "Simón fue robado de aquí y sus restos están en Caracas. Chávez mandó a una antropóloga forense y estableció que el cadáver que ustedes vieron es de una mujer fallecida a los 50 años, hace un siglo".

jueves, 14 de agosto de 2008

¡GENERALA MANUELA SAENZ: HASTA LA VICTORIA SIEMPRE!


Por: Rafael Correa Delgado
Presidente de la República del Ecuador

*Discurso pronunciado en el 185º aniversario de la Batalla de Pichincha (24.5.1822)

Desde los primeros días del gobierno de la Revolución Ciudadana iniciamos una especie de balance y reparación de lo que el Neoliberalismo había producido con su ignominiosa prepotencia, salvajismo e insensibilidad. El 15 de enero dijimos: que a nadie le quepa duda, nuestro gobierno será bolivariano y alfarista. Hoy, 24 de mayo, al conmemorar 185 años de la Batalla de Pichincha, empezamos a ajustar cuentas con la Historia. El nombre de Manuela Sáenz fue escondido, vilipendiado, olvidado por décadas y décadas. Las cartas íntimas, diarios y documentos fueron ocultados por más de 130 años. Para muchos, no cabía ensalzar la figura de quien les parecía más concubina y adúltera que la expresión más pura de la revolución, el coraje, la independencia y el amor.

Esa Manuelita Sáenz Aizpuru, que padeció la lacra social de ser hija ilegítima; entregada, de acuerdo a las convenciones de la época al Monasterio de Santa Catalina, huérfana de madre, logró ganar el cariño de su madrastra y el amor de su padre, Simón Sáenz. Los retratos de su niñez la pintan jugando en el jardín, con ojos vivaces y escrutadores, suelta y embellecida por su espíritu insubordinado, como anticipando lo que sería una práctica de vida: el asombro, la valentía y la pasión.

Tras su matrimonio, Manuela reside en Lima y en esa ciudad se inicia su cruzada libertaria. Influye para que el batallón realista Numancia rompa amarras con los conquistadores y forme parte de las filas patriotas. Su actitud conspiradora le valió el reconocimiento del General José de San Martín que la condecoró con la Orden de Caballeresa del Sol. Hizo amistad con la guayaquileña Rosita Campuzano, compañera de amor y de ideales de San Martín. De vuelta a Quito, y con los acontecimientos de la Batalla de Pichincha, Manuela se incorpora a la lucha al presentarse a colaborar con el ejército independentista. Participa en el auxilio de los heridos, y, tras la capitulación realista, traba amistad con el Mariscal Sucre. Conoce a Bolívar el 16 de junio de 1822, y se inicia uno de los más hermosos romances de nuestra historia.

En septiembre de 1823, Bolívar se encuentra en Lima y al enterarse de un motín en Quito, escribe a Manuela expresándole su preocupación y admiración por disolver "... con la intrepidez que te caracteriza, ese motín que atosigaba el orden legal establecido por la República..."; así mismo pide que se traslade de inmediato a Lima para hacerse cargo de la Secretaría de la Campaña Libertadora y de su archivo personal y ordena al Coronel O´Leary realizar los arreglos necesarios para la llegada de Manuela y su incorporación al Estado Mayor General con el grado de húsar.

El 9 de junio de 1824, Bolívar, desde el Cuartel General de Huaraz, invita a Manuela a marchar juntos hacia Junín. La respuesta de Manuela, fechada el 16 de Junio, revela su talante orgulloso y altivo: "...mi amado, las condiciones adversas que se presentan en el camino de la campaña que usted piensa realizar, no intimidan mi condición de mujer, por el contrario, yo las reto... ¡Qué piensa usted de mi! usted siempre me ha dicho que tengo más pantalones que cualquiera de sus oficiales, ¿O no?...".

Tantas cosas hizo Manuela por la liberación. Armó, junto a Bolívar, lo que ella llamó “una verdadera comisaría de guerra”. Recolectaba chatarra, confiscaba campanas, sacaba clavos de estaño de las bancas, todo para la fabricación de armamento. Fomentó la construcción de talleres para hilar lanas para los uniformes de la tropa. Bien podemos decir que nuestro programa Hilando el Desarrollo, tiene su patrona y madrina en la figura de Manuela.

A pesar de los consejos de Bolívar, y de las sugerencias a Sucre para que se encargue personalmente del cuidado de Manuela en los días de la Batalla de Ayacucho, ella contradice la orden de ponerse a resguardo, y la carta de Sucre a Bolívar es evidencia de la heroicidad de nuestra Manuela. Sucre escribe:"...incorporándose desde el primer momento a la división de Húsares y luego a la de Vencedores; organizando y proporcionando el avituallamiento de las tropas, atendiendo los soldados heridos, batiéndose a tiro limpio bajo los fuegos enemigos; rescatando a los heridos...; Doña Manuela merece un homenaje en particular por su conducta, por lo que ruego a Su Excelencia le otorgue el Grado de Coronel del Ejército Colombiano".

Bolívar, entre feliz y orgulloso, comunica a Manuela su sorpresa de que "... mi orden de que te conservaras al margen de cualquier encuentro peligroso con el enemigo, no fuera cumplida, a más de tu desoída conducta, halaga y ennoblece la gloria del Ejército Colombiano, para el bien de la ´patria y, como ejemplo soberbio de la belleza, imponiéndose majestuosa sobre los Andes´. Mi estrategia me dio la consabida razón de que tu serías útil allí; mientras que yo recojo orgulloso para mi corazón, el estandarte de tu arrojo para nombrarte como se pide, Coronel del Ejército Colombiano".
Tras la muerte del Libertador, y exiliada en Paita, Manuela recibe visitas de Garibaldi, Herman Melville, Simón Rodríguez, González Prada. Su lealtad al Libertador la acompañó hasta los terribles días en que una epidemia de difteria terminó con la existencia física de nuestra Manuela en noviembre de 1856.

Pablo Neruda dedicó a Manuela la hermosa y triste elegía: La Insepulta de Paita, en la que dice, en este breve fragmento: Ésta fue la mujer herida. En la noche de los caminos tuvo por sueño una victoria, tuvo por abrazo el dolor, tuvo por amante una espada. Tú fuiste la libertad, Libertadora enamorada. Manuela, estás en el recuerdo de García Márquez, que al contar las últimas horas de Bolívar te describe: Fumaba una cachimba de marinero, se perfumaba con agua de verbena que era una loción de militares, se vestía de hombre y andaba entre soldados, pero su voz afónica seguía siendo buena para las penumbras del amor. Manuela: Eres la luz despierta de los tiempos oscuros. Eres nuestra compatriota y nuestro destino. Hoy eres memoria viva de la Libertad. Hoy eres el espejo en el que otras mujeres se miran y agigantan.

El gobierno de la Revolución Ciudadana, confeso en su adhesión a la figura de Manuela, se enorgullece en contar en su gabinete con mujeres patriotas que dirigen los destinos de sus ministerios con la mayor consagración y devoción por el pueblo ecuatoriano. Está con nosotros la memoria de Guadalupe Larriva, inolvidable compañera socialista. Los programas y proyectos del gobierno van dirigidos hacia la mujer, hacia su sobriedad y sabiduría en el manejo de recursos, hacia su condición de madres y protectoras del hogar. El mayor homenaje a Manuela se expresa en los proyectos para dotar de trabajo y salario digno a las madres solteras; en la protección a las mujeres que son víctimas de maltrato familiar y violencia doméstica; en dotar de condiciones de dignidad humana a las mujeres que padecen privación de su libertad; en la entrega de micro créditos para que las madres dirijan la economía y las pequeñas unidades de producción familiar.

El tributo a Manuela se manifiesta en la Campaña Nacional de Salud, Solidaridad y Responsabilidad Social, en el que las mujeres y madres son las coautoras del bienestar social; en la Comisión de la Verdad que esperamos informará, al fin, el paradero de los hijos desaparecidos a sus desesperadas madres; en la entrega del Bono de Vivienda; en el orgullo de las madres trabajadoras, con quienes tuvimos el privilegio de desfilar el Primero de Mayo. El reconocimiento a la memoria de Manuela se traduce en la mejora salarial de las madres y mujeres que realizan trabajo doméstico; en la malaventura de las madres que han sufrido por las fumigaciones y la desatención del Estado; en las madres Tagaeris y Taromenanis, y demás nacionalidades y pueblos, siempre oprimidos y postergados. Este es el mayor manifiesto a la memoria de Manuela: la consagración diaria y permanente a luchar por los desposeídos y por la reivindicación de la mujer, de Matilde Hidalgo, Manuela Cañizares, Manuela Espejo, Nela Martínez, Dolores Cacuango, Alba Calderón, y de todas las mujeres anónimas de nuestra historia pasada y presente.nadie va a frenar el ímpetu de la memoria.
Ninguna conspiración vencerá a este pueblo que camina altivo hacia la libertad. Ningún complot podrá con la voluntad indómita de los ciudadanos y ciudadanas de esta tierra sagrada. Ninguna conjura artificiosa y desleal volverá a someter al pueblo ecuatoriano.
Ningún ardid podrá emboscar esta insurgencia y la decisión libre y soberana de amar nuestra propia historia, nuestros propios héroes, nuestra propia vida. Manuela Sáenz: Si ayer fuiste la luz morena del pichincha, húsar del estado mayor independentista, Caballeresa del Sol, Libertadora del Libertador, Coronela del Ejército Grancolombiano, Insepulta de Paita, hoy eres, y para siempre, Generala de la república del Ecuador.Eres todo eso, pero nunca será suficiente para tu estatura indomable, generosa y libertaria.
¡Generala Manuela Sáenz!... ¡Hasta la victoria siempre!.

jueves, 15 de mayo de 2008

MANUELITA, SOL DE BOLÍVAR



Por José Steinsleger.- (*)

Al caer la tarde del domingo 23 de noviembre de 1856, en la casa ubicada al final de la única calle del puerto ballenero de Paita (norte de Perú), un grupo de enmascarados cargó con el pesado cuerpo de la quiteña Manuela Sáenz, víctima mortal del violento microbio del ''bobbio" (difteria) diseminado por el cadáver de un marinero inglés. Mecido por la brisa del mar, el letrero colgado en el dintel de la casa (Tobacco. English Spoken), acompasó con sus chirridos el doblar del campanario parroquial. El carruaje partió con rumbo a la fosa común y los aullidos de Santander, Páez y Padilla retumbaron en los farallones de Paita. Así llamaba la doña a sus perros, con el nombre de los generales traidores a Bolívar. En quechua, Paita significa "lugar que está sólo en el desierto".

Pocos días antes y después, la peste había acabado con Jonatás y Juana Rosa, fieles servidoras de la más lúcida heroína de la emancipación americana, y tan célebres como ella en su recorrido de victorias, penas y derrotas por los pueblos del Caribe y la Gran Colombia bolivariana. Para conocerla, evitemos la ingratitud masculina que cuenta la historia a su modo. En su Diario, la norteamericana Jeannette Hart evocó a Manuela en párrafo generoso, a pesar de haber sido ella misma una de las tantas seductoras del Libertador.

El viernes santo de 1825, Jeannette vio pasar a una mujer montada en un caballo blanco por una calle de Lima, y recuerda: ''Era bastante extraño ver a esta mujer en público sin estar cubierta por un velo. Con su cabeza descubierta podía apreciarse su cabello negro, recogido atrás en un gran moño. La dama me pareció extraordinariamente atractiva, aunque se notaba en ella una energía y consistencia masculina que aumentaba esa impresión de virilidad en aquel rostro enmarcado por dos grandes ojos negros. Sin necesidad de preguntar, me di cuenta de que aquella dama era la llamada cariñosamente Manuelita Sáenz."

Manuelita tenía entonces 30 años y era coronela del Estado Mayor de la Gran Colombia. En enero de 1822, por su cooperación en la causa republicana el general argentino José de San Martín la había condecorado con la Orden del Sol junto a otras mujeres, y por su rol en la batalla del Pichincha (Quito, 24 de mayo de 1822) y entrega revolucionaria en Lima, Bolívar la graduó de Húsar con carácter de Oficial Archivista. Pero luego de su participación en las decisivas batallas de Junín (en la que se luchó con arma blanca sin dispararse un solo tiro entre las tropas) y Ayacucho (agosto y diciembre de 1824) los indios, negros, mujeres del pueblo llano y las tropas de ocho ejércitos confederados empezaron a idolatrarla, tanto como le temían y odiaban los gobernantes criollos reacios a perder sus privilegios.

En el Banquete de la Victoria (16 de diciembre de 1824), Manuela tomó asiento junto a Simón Bolívar en mesa compartida con el mariscal Antonio José de Sucre y el general José María Córdova, héroes de Ayacucho, todos los oficiales grancolombianos y el general chileno Bernardo O'Higgins en traje de civil. Noche de felicidad y de presagios, en la que el argentino Bernardo de Monteagudo murió apuñalado en momentos que trabajaba en el programa del Gran Congreso de las Naciones Americanas de Panamá (el frustrado Congreso Anfictiónico de 1825).

A los patriarcas de los pueblos liberados, las incontenibles y desenfadadas carcajadas de Manuela sacaban de quicio. Mofa de la pompa y la solemnidad que años después alcanzaría al intrigante y ambicioso general Córdova, puesto en su sitio por el mandamás: ''Ella también es Libertadora, no por mi título, sino por su ya demostrada osadía y valor, sin que usted y otros puedan objetar tal cosa". Pesaba, sobre todos sus oficiales, la malhadada noche bogotana del 25 de septiembre de 1828, cuando con espada y pistola turca en manos Manuelita se enfrentó al grupo santanderista que había ingresado con propósitos criminales al Palacio de San Carlos, mientras Bolívar saltaba por una ventana para salvar su vida.

Indemne de todas las batallas, el Libertador salió maltrecho de una que sostuvo con la Libertadora. Bajo su almohada apareció un zarcillo de perlas y...... En diciembre de 1830, en su lecho de muerte de Santa Marta, Bolívar confesaría al coronel Perú de la Croix: "Me mordió fieramente las orejas y vientres, y casi me mutila. Pero tenía razón: yo había faltado a la fidelidad jurada y merecía el castigo". Durante días, mientras cicatrizaban los arañazos en el rostro, los amanuenses se disculparon con los visitantes: ''Su Excelencia padece una fuerte gripe..."

Precursora del "feminismo" sin proponérselo, Manuela Sáenz fue una mujer libre que hizo causa de la fidelidad al amado. A los 21 años, consintiendo al padre (Simón Sáenz) que amó a su madre (Joaquina Aizpuru, fallecida luego que la niña cumplió un año), y a la madrastra que supo ganarse como hija fuera del matrimonio (Juana María Del Campo), Manuelita aceptó un esposo de regalo: el adusto y rico comerciante James Thorne, inglés que se decía "doctor", la doblaba en edad y era más frío que los hielos del Chimborazo (1816). Pero en el Quito recoleto que había encendido las primeras llamas de la emancipación americana, la sociedad colonial continuaba sin novedad. Convento o matrimonio.

La "politización" de Manuela no fue improvisada. Nacida en el día de los Inocentes de 1795 (año de la muerte de Francisco Xavier Eugenio de Santa Cruz y Espejo, precursor de la independencia del Ecuador), la joven presenció desde el balcón de su casa, que miraba a la Plaza Grande, el descuartizamiento por caballos de los jefes patriotas sublevados en la fracasada revuelta de 1809. Horca, decapitación, colocación de cabezas en jaulas de hierro exhibidas en toda la ciudad y corazones arrancados de los cadáveres que por órdenes del virrey del Perú (Quito era Real Audiencia) iban a parar en una caldera que hervía en el centro de la plaza.
Frente a esos horrores, las jóvenes de Quito imaginaban que cualquier hombre dispuesto a desafiarlos debía de ser un semidios. Y en las haciendas y salones de Quito, Manuelita oía que pronto llegaría a la ciudad ese hombre que en las campañas de Boyacá (Colombia, 1819) y Carabobo (Venezuela, 1821) había derrotado a los españoles, anunciando la república de la Gran Colombia. El 16 de junio de 1822, los cohetes de Quito engalanado anunciaron con vivas la llegada de Bolívar. Pero al ingresar en la Plaza Grande el Libertador tuvo que esquivar una corona de laurel y olivo adornada con cintas tricolores. Enojado, el Libertador alzó la mirada a un balcón y observó los pechos de una mujer que se tapaba el rostro con las manos, sin dejar de reír.

Risa que mudaba de expresión, cuando en el destierro de Paita comentaba a sus escasos visitantes la conducta de quienes la habían confinado allí, mientras el presidente de Ecuador Vicente Rocafuerte (liberal) escribía al general venezolano Juan José Flores (conservador): ''Las mujeres son las que fomentan el espíritu de anarquía en estos países. Las mujeres preciadas de buenas mozas y habituadas a las intrigas de gabinete son más perjudiciales que un ejército de conspiradores" (21 y 28 de octubre de 1835). Y a Francisco Paula de Santander, presidente de Colombia: ''Si la Manuela estuviera aquí, estaría esto ardiendo como Troya. Como es una verdadera loca, la he hecho salir de nuestro territorio, para no pasar por el dolor de hacerla fusilar" (11 de noviembre de 1835).

En su viajes por América, el unificador de Italia Giuseppe Garibaldi desembarcó expresamente en Paita (1851) para saber de la epopeya bolivariana y platicar con ''la piú graciosa e gentile matrona c'hio abbia mai veduto" (la más graciosa y gentil matrona que hubiera visto hasta ahora). Diez años atrás, el joven marinero Hermann Melville había estado en Paita. En su diario, el autor de Moby Dick la evoca diciendo: ''Humanidad, recio ser, te admiro. No en el vencedor coronado de laureles, sino en el vencido".

En el apéndice del volumen número 3 de los 32 de Memorias escritos por el general bolivariano Daniel O'Leary (1800-54, volumen que fuera suprimido y sus ejemplares quemados, habiéndose salvado sólo tres), el irlandés recuerda que Manuelita fue presentada al General como ''la señora de Thorne". Incrédulo, Bolívar extendió la mano, y le dio un tímido beso mientras ella se mataba de risa. Simón tenía 39 años, ella 27, y tras bailar varias veces la contradanza La Vencedora, desaparecieron de la fiesta perdiéndose en la noche de Quito.

El historiador colombiano Antonio Cacua Prada cuenta que, en común acuerdo con la heroína, el general venezolano Antonio de la Guerra (desterrado en Paita con su familia), dispuso que se cumplan las disposiciones sanitarias de emergencia: incineración de todas las pertenencias. Melancólicamente, De la Guerra apartó con el pie las cenizas y recogió el pedazo de una sola carta renegrida del cofre de cuero, que contenía cientos de cartas del amante. Sólo decía: ''Yo no puedo estar sin ti. Ven, ven, ven luego".

* Escritor y periodista argentino. Miembro fundador de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP, 1976), de la Agencia Latinoamericana de Servicios Especiales de Información (ALASEI-UNESCO, 1984) y del movimiento “En defensa de la humanidad” (México, 2003). Desde 1996 mantiene una columna fija en el periódico mexicano La Jornada. Autor y co-autor de algunos libros sobre la coyuntura política de América Latina.

sábado, 29 de marzo de 2008

PROTESTA Y VALIENTE RESPUESTA


Por: Miguel Godos Curay

Que Manuela Sáenz, la patriota quiteña, tenga enemigos gratuitos en pleno siglo XXI. No nos extraña. Los tiene el propio Libertador Bolívar a la vuelta de la esquina. Manuela, es verdad, no tiene admiradores entre los cucufatos, los cerebroestrechos, los prejuiciosos, los nobles de apellido rimbombante y sospechosa identidad genética. Los insulsos, los que enmascaran su otro yo misógino, los indefinidos, los que inventan la historia con pretensión predicadora. Los que reniegan de su pasado también enfilan sus baterías contra Manuela.

El pasado 26 de marzo, un grupo de alumnas de la Universidad Federico Villarreal (Lima) realizaron un plantón de protesta frente al rectorado contra la actitud arbitraria y ofensiva del Decano de la Facultad de Humanidades doctor Ernesto Germán Peralta Rivera, quien se niega a reconocer el Círculo de Estudios “Manuela Sáenz”. Peralta deniega el reconocimiento argumentando: que “como historiador no iba a aprobar que una institución estudiantil lleve el nombre de una mujer que no representa nada para la historia”. El colmo resulta que dijera a la Consejera estudiantil Eugenía Abadía: “si usted se identifica con una prostituta es su problema”. Las alumnas de la Villarreal, en solidaria protesta estudiantil, respondieron con todas sus letras a la autoridad: ¡Señor Decano no somos putas!

El decano Peralta, pertenece a esa especie prejuiciosa y alambicada que piensa que la historia se escribe del ombligo para arriba y lo que sucede del ombligo para abajo pertenece a un territorio ajeno a la curiosidad de la historia. Este candor de vieja remolona no tiene justificación. Tal vilipendio equivale a desacreditar el mestizaje, tan rico y tan intenso, en la vida peruana. Este es un desconocimiento elemental de la condición humana que como un río crecido de sentimientos, emociones y pasiones desemboca en el inmenso mar de la existencia.

Algo así como convertir a Pizarro y a su hueste en cortesanos jugando a la matutiru tirulá. Desconociendo esos vínculos misteriosos se ignoran esas circunstancias humanas que nos dieron a un mestizo como el Inca Gracilazo de la Vega. O desconocer la estirpe humana de un Grau que surgiendo del amor prohibido se encumbra por su magnanimidad y estatura humana. Ignorar la vida es negar la esencia de la historia. Colocarse cerrojos y candados en el cerebro con prejuicios es hoy una manía de solteronas condenadas a las islas, siempre complicadas, de su soledad.

No pensaban ni denostaban así de la quiteña intelectuales apristas como Luis Alberto Sánchez. Nunca avaro en la admiración ni remilgoso en el elogio a Manuela. Conspiradora, apasionada pero audaz y valerosa. O los indoamericanos: Germán Arciniegas, quien dijo que a la Libertadora no la dejan de ofender las cucarachas cerebrales tan dadas al veneno de la injuria. O el maestro Otto Morales Benites, quien sostiene, que ignorar la presencia de la mujer en el proceso de la emancipación es desconocer que la libertad antes de transformarse en la beligerancia de la guerra separatista fue un sentimiento en el corazón de nuestras mujeres. Ignorar este sentimiento no es un buen signo de gratitud humana. No bebieron de las charcas de la injuria Oleary, Palma , Neruda y los numerosos biógrafos documentados de la quiteña.

Sor Juana Inés de la Cruz, monja mejicana universal, tiene una redondilla precisa para los peraltas y riveras mentales, especie académica tan dada a la ofensa gratuita y a la interpretación torcida de las cosas: “Hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón, / sin ver que sois la ocasión / de lo mismo que culpáis”. Esta cofradía insomne que se detiene en la admiración de la Libertadora no puede ser indiferente a la protesta estudiantil y a todas las rebeldías invocadas en nombre de ese huracán de libertad llamado Manuela Sáenz.

jueves, 10 de enero de 2008

MANUELA SAENZ EN PAITA:UN OCASO ALTIVO (1835-1856)

Manuela (Oswaldo Guayasamin)
Bolívar
Garibaldi
Paita


Por: Juan José Vega (13.9.1932- 8.3.2003)

En 1856, un 23 de noviembre, exactamente, murió en Paita Manuelita Sáenz, la mujer que más amó Simón Bolívar. Fue víctima de una peste de difteria; por esta razón no la sepultaron en el cementerio, sino en las afueras de aquel puerto, en fosas comunes, con los demás apestados. Estudiosos y poetas han fracasado hasta ahora en el empeño de ubicar los restos de Manuelita. No obstante hoy se abren nuevas posibilidades de localizar sus extraviados despojos. Quizá no estén del todo perdidos los rastros de esta mujer excepcional.

¿Mujer excepcional? Sin duda. Compartió proezas con Bolívar, pero el recuerdo histórico se ha centrado mucho más en el hechizo que ejercía que en su patriotismo, su coraje su inteligencia. Un falso moralismo también la ha dañado, pues de no medir su belleza y su desbordante pasión por el Libertador, tal vez la conoceríamos como heroína de de las historias oficiales, por méritos propios. Finalmente, calumniándola, los historiadores de nuestras oligarquías –rencorosas de Bolívar- también le han arrebatado una porción de su gloria. Con su vida independiente además fue feminista antes del feminismo; su orgullo y franqueza ahondó envidias y enemistades que aún perduran.

“JULIETA HURACANADA”
“Julieta Huracanada”, “angel color de espada” y “rosal hasta en la muerte errante”, llamó Pablo Neruda a Manuelita Sáenz. Conspiradora desde los días iniciales, en 1820 fue casada con extranjero, una de las coautoras de la subversión militar en el famoso batallón Numancia, que custodiaba Lima. Esa peregrina de América que gustaba también de lanzar arengas inflamadas y vestir uniforme. Amazona en campañas increíbles, fue a la par hembra dulcísima. Sabía escribir cartas inauditas y no faltan los que sostienen que también garabateó poemas. Consta que fue lectora de clásicos de la talla de Plutarco y de Tácito, así como de Cervantes y Tirso e, igualmente, de nuestro Gracilazo, que también era suyo porque ella nació en el gran Perú de Otrora.

Tomada Lima por José de san Martín, ella había respaldado en los salones limeños, con firmeza, la política de Bernardo de Monteagudo, el jacobino de la época, hombre que, lejos de estridentes fariseísmos prefería una monarquía progresista a un republicanismo estentóreo y reaccionario. De garra política, esta Manuelita se había ganado ya en Lima la Banda de Caballeresa de la Orden del Sol del Perú cuando Simón Bolívar la conoció en Quito en 1822. Tenía entonces 25 años.

No cabe en unas líneas la epopeya que Bolívar y Manuelita vivieron a salto de mata, por ocho años. Bastará señalar que se tenían lo que llamamos “camote”, pues fue amor que sobrevivió entre pleitos, andanzas e infidelidades, naturalmente en medio de batallas y sublevaciones sobre cinco países. Ella lo acompañó a Trujillo y lo siguió de cerca en las campañas de Junín y Ayacucho, marchando a la retaguardia del ejército patriota. Alguna vez Bolívar la calificó “ La Libertadora del Libertador”. Fue cuando en Bogotá, espada en mano, semidesnuda, saltó del lecho para contener a los conjurados liberales que esa noche pretendieron asesinarlo; le dio así tiempo para saltar por un balcón al río. “Mujer única” la había llamado cuando el apogeo y la gloria; “no puedo estar sin ti” le escribió una vez ( lo cual en Bolívar era mucho decir). Fue Manuelita uno de sus consuelos, epistolares en la etapa final, cuando desecantado él exclamaba :”¡ he arado en el mar!”.

Cuando Manuelita recibió una carta con la noticia de la muerte de Bolívar, angustiada se hizo picar por una serpiente cual nueva Cleopatra. Salvó con dificultad. Luego la frustrada suicida –tras varios desengaños políticos-decidió exiliarse. Había muerto también en las guerras civiles su querido hermano,un bolivarista a ultranza. Temperamental como era ella remató cuanto tenía y se marchó. Se vino a nuestra Paita, donde habría de vivir, penosamente en los últimos veintiún años de su vida. Jamás quiso volver a Quito, donde había nacido. Ni a su patria nueva, el recién nacido Ecuador.

Hace algunas semanas, regresamos a paita después de muchos años atraídos por una nueva versión brindada por Miguel Godos en torno al sitio donde podrían reposar los restos de manuelita; Godos, conocedor de mil y un secretos de la Historia de Piura, poseía un rastro. Gracias al Alcalde de Piura; Dr. Luis Paredes, pudimos contar con una fuerte camioneta que permitiera transitar por caminos todavía destrozados por las inundaciones y las lluvias. A marchar con el grupo invitamos a Isabel Ramos Seminario, de quien sabíamos su veneración por la memoria de Manuelita. Paita, con crisis y todo, es ahora un puerto bastante moderno. Muy diferente lucía el sitio en 1835.

A nadie confesó jamás Manuelita las verdaderas razones que la impulsaron a marchar luego a Paita, a un retiro solitario, apenas acompañada por su fieles criadas. Lo hizo al parecer por orgullo, temió exponerse a vengativos desdenes que de seguro le hubieran hecho de haber seguido viviendo en las grandes ciudades donde había lucido su esplendorosa majestad.

Para muchos resultó inexplicable que una mujer excepcional como manuelita, en quien armonizaban perfectamente hermosura e inteligencia, abandonara para siempre los placeres del mundo cuando apenas frisaba los 33 años de edad. Pero quienes la conocieron íntimamente comprendieron que ello obedecía sólo al gran amor que tuvo ella por Bolívar. Habiéndolo perdido para siempre, quiso vivir sólo de su recuerdo, juzgando de que ningún otro hombre podría desplazarlo de su memoria. Por eso se desterró voluntariamente, y –tal vez contra lo que hubiese querido- vivió aún muchos penosos años.

Paita, “pueblito costero del Perú, con continuidad eterna de sol lleno de polvo gris y de una adormecedora monotonía”, permitió a Manuelita una cierta tranquilidad que jamás había tenido. Escogió para habitar una humilde casita, teniendo por única compañía a sus críadas.

¿COMO ERA LA PAITA DE 1835?
¿Cómo era la Paita a la cual llegó Manuelita en 1835? Pues pobres y triste, bastante más que otros pueblos costeños de la época. Un informe de fines del siglo XVIII, poco después recogido en el Diccionario Geográfico de Antonio de Alcedo, revela que en Paita con excepción de tres edificios (la iglesia entre ellos), “las casas son bajas y las paredes de tierra y cañas”. Doce años antes que llegara ella a esas tierras nuestra protagonista, un marino francés, René Lesson, había escrito lo siguiente: “La mayor parte de las casas son cabañas construidas con cañas bravas,...los intersticios de estas cañas se llenan con barro o arena arcillosa, aunque tan imperfectamente que sus paredes suelen parecerse a una criba. Los techos, de cañahejas de estanques, y que son traídas de lejos, se apoyan en troncos de bambú, tan sólidos como graciosos y ligeros. El aire penetra por todas partes de estas sencillas viviendas desprovistas de muebles. Las casas de las personas notables están edificadas con fragmentos de piedra arenosa y de conchas, cubiertas de modo que tienen una galería en el primer piso…Las calles de Paita son derechas y las cabañas colocadas en dos o tres filas..,algunas tiendas bordean el mar y ha sido instalado un cómodo desembarcadero…en la parte meridional hay talleres para pequeños navíos. ( Hay) dos iglesias y pese a que están techadas de paja constituyen los más suntuosos monumentos de este lugar miserable”.

El menaje de las viviendas paiteñas era harto pobre; y por costumbre la hamaca fue insustituible en las casa de toda categoría. La población – decíase - sumaba entonces unos mil quinientos habitantes, con mayoría abrumadora de una confusa mezcla de indios tallanes, zambos y mestizos. Paita cambio un tanto al surgir la gran caza de ballenas como una nueva industria en el mundo, se convirtió en un centro de abastecimientos, sobre todo para naves norteamericanas. En un pequeño barrio hasta tuvo su “paraíso de Mahoma…con proveedores de de hospitalidad barata” para los marinos. Era famosa también la picantería de José Chepito, según escritores de la época. Por esta posición ballenera la ciudad , en general, no debió decaer tanto, como si sucedió en todo el Perú al advenimiento de la República. Cuando menos hubo en estos años un falso progreso, “de enclave”.

Como sitio al cual acudían algunos balleneros norteamericanos al largo de todo el año a fin de acopiar provisiones aludió a Paita el merino yankee W.S.W Rushenberger en 1833. A esa Paita recaló Manuelita, nauseada de traidores y de cobardes, que entonces la atacaban con saña, tras haberla temido y adulado.

La llegada de Manuelita casi coincidió pues con el inicio de el pequeño “boom” ballenero. Algo prosperó el sitio, antes sus ojos Kart Scherzer, un viajero alemán que visitó Paita en 1859,creía que la población podía llegar a cuatro mil habitantes, sin duda no calculó bien; era menor. Pero debió contar con cifras precisas de otra naturaleza; dijo que anualmente anclaba en Paita entre cuarenta y cincuenta navíos de caza de ballenas. Allí se proveían de provisiones frescas, de la buena agua de Amotape, traída en mulas; y de carbón. Deducimos que también descansaba la marinería y la oficialidad, antes y después de las travesías según casos Y que naturalmente, se divertían. Muchos marinos pasarían por la tenducha de Manuelita en pos de buenos cigarros, algunos souvenirs, bordados, dulces. Fue una clientela que le cayó del cielo. En cuanto al puerto mismo, el citado Scherezer calculó en unas veinte embarcaciones (botes, chalanas, lanchas, balandras) que estaban en la rada.

Las exportaciones visibles en los embarcaderos de esa Paita eran sombreros de paja, pieles de cabra, de fibras y aceites de fríjol ricino y fríjol piña, para combustibles y jabones. Ricardo Palma escribiría en Paita en 1856, que “las calles eran verdaderos arenales”; y el sabio alemán Ernst Middendorf, al pasar por allí unos quince años después dejó una descripción, donde todavía señala que “la plaza es un arenal”, que las viviendas siguen siendo “de barro y caña” y que las calles son “caminos desiguales, sin pavimento cubiertas de denso polvo” y “la iglesia parece un ruinoso depósito”.

El “boom”, a lo que se ve no había dejado muchas huellas en el portichuelo, que cuando a la visita del gran peruanista germánico había ya perdido su pequeño ímpetu económico. Retrocedemos ahora unos tres decenios para retornar a nuestra protagonista.

Así, Manuela a secas. Manuela y no Manuelita, porque de tal modo se llamaba a si misma esa brava hembra. Y solía decir también “la Sáenz”. A veces espetaba de esta forma su nombre, en algunas discusiones. Tal por lo menos, como advertencia, se lo dijo a una mujer que intentó cruzarse en su camino, frente al Libertador: “Yo soy la Sáenz”.

Pero estas son otras, historias y no estábamos ahí para tratarlas. Nos ganaba la imagen de manuelita en su altiva desventura. Así los tres, Chabela, Miguel y yo, con otros amigos empezamos a evocar la Paita de esos tiempos, desde la Paita asaltada por Lord Thomas Cochrane en sus incursiones precursoras de las campañas de José de San Martín quince años antes que Manuelita arribara. Y, sin querer casi, comenzamos a recordar el final trágico de la vida de esa mujer heroica; una existencia que empezó tan desventuradamente.


MANUELITA EN PAITA

Fue pues una pequeña Paita, casi toda de “quincha” –esto es de caña y barro- y llena de insectos termes, con calles que “parecían arenales” a la que llegó Manuelita en 1835. Empezaba a agravarse su reuma (del cual ya se quejaba hace cinco años atrás) y no sabemos si trajo sus perros Santander, la Mar, Córdova y Páez. Pero si consta que de inmediato, enfrentando resueltamente la vida, puso una tiendita en cuyo cartel se leía “Tobacco, English spoken Manuela Sáenz”. Fue en verdad un fin que pudo haber inspirad a Esquilo una tragedia. Ese día recorrimos Paita de un extremo a otro ayudados por unos cuantos libros, documentos y remembranzas. Hicimos una retrospectiva, evocando a la olvidada heroína. Los recuerdos empezaron con un célebre novelista.

EL AUTOR DE “MOBY DICK”
Manuelita, quien había llegado a Paita ya con treintaiocho años a cuestas, se defendió como pudo. No sólo vendía cigarros y souvenirs a oficiales y marineros de los navíos que recalaban en el puerto. También expendía dulces y adornos diversos. Como flores artificiales. Asimismo, tejía. A veces arrendaba una habitación “muy limpia”. Igualmente, gracias a su conocimiento del inglés y del francés, en ocasiones dictaba oficios o traducía textos y declaraciones en una administración portuaria discreta, pero cada año más amplia debido al tráfico ballenero. Paita se iba convirtiendo en lugar de paso de los navíos que venían desde los Estados Unidos a recoger presa de lejanos cetáceos.

En aquella Paita no faltaron incidentes judiciales, disputas y crímenes de taberna.
Motines tampoco. Un de estos fue el protagonizado por la marinería del “ Acushnet”, recordable porque entre quienes desfilaron por el tribunal – tal como lo ha recordado Víctor von Hagen- estuvo un muchacho grumete cuyo nombre aún nada significaba, Herman Melvill.

El futuro autor de “Moby Dick” se fijó en ella y recordaría la forma altiva como soportaba su desgracia; evocó más tarde con cariño la figura de Manuelita, ya madura, entrando en Paita “montada en borriquillo gris, con la mirada fija en las paletillas, en el juego de la cruz heráldica de la bestia”.

EL ACCIDENTE
La dureza de esa vida solitaria se le complicó horriblemente a causa de una caída. La vieja escalerilla de su pobre casa cedió un día y rodó, quebrándose la cadera; nunca se recuperó. No sólo fue desde entonces incapaz de caminar, sino que ni siquiera podía subirse a una bestia. Ella había recorrido gran parte de América a pie y caballo y había bailado en todos los palacios, pero tuvo que resignarse. Su vida a partir de ese momento habría de transcurrir entre su hamaca y un sofá. El accidente ocurrió en los principios de la década del 1840.

Para entonces el gobierno de Nueva Granada no le devolvía sus bienes y en Bogotá hasta quemarían sus cartas y documentos como una “vergüenza para el Libertador”. En Quito, donde la detestaban, los bienes familiares seguían envueltos en una maraña judicial si n termino. Peor era en el Perú, donde la oligarquía siempre la aborreció. Nuestro país gozaba en la orgía del guano. Se multiplicaban fortunas mal habidas sobre la base del robo al fisco, se dilapidaba.. pero nadie se acordó de Manuelita y ella en su orgullo fue incapaz de pedir un centavo. Ni siquiera le giraban una pequeña pensión que le correspondería como Caballeresa de la Orden del Sol. Bastante daño también le causó el retorno al Perú de José de la Riva Agüero ( el que pactó con los españoles a espaldas de Bolívar) y, todavía más daño, el asilo concedido al general José María Obando, el mismo que asesinó al Mariscal Antonio José de Sucre, a traición; individuo éste que fuera enemigo acérrimo del Libertador y que habría de gozar de una considerable influencia en Lima.

Algunas nuevas amistades paiteñas ayudaron entonces a manuelita, sobrevivía con estrechez. Inválida mantuvo la tiendita, pero su capacidad de acción disminuía. Había engordado mucho tras el accidente. Además debía sostener a las tres criadas que la rodeaban y que jamás quisieron separarse de ella.

Felizmente un personaje de influencia local, Alexander Rudens, Cónsul de los Estados Unidos en Paita, la apoyó en estas lamentables circunstancias; también otros del lugar. Algo después, muy lejos asesinaron a su esposo, el naviero inglés James Thorne, a quien no veía media vida atrás. Este le había dejado en testamento ocho mil pesos. En realidad, le devolvía exactamente la dote familiar que Manuelita aportara al matrimonio de 1817. Era una suma que le habría aliviado, peor en Lima seguían odiándola y el caso de este legado también se enredó en la madeja tinterillesca. Nunca pudo cobrar esa suma ni otra. Ni siquiera con la “Información de Pobreza” que se levantó en Paita, donde declararon varios de sus amigos, dejando constancia que vivía en un “miserable altillo..buhardilla alta..miserable”, “ a expensas de la piedad de sus amigos”, “tirada en una hamaca, sin poder moverse”. Rudens, admirador de Bolívar, quien fue el primero en prestarle indispensables auxilios, ayudó nuevamente en este caso. Pero todo fue en vano. Lima – que se divertía en nombre de la patria- nada quería saber con “ la amada de Bolívar”.


GARIBALDI: “CON LAGRIMAS”

Uno de los grandes que se postró ante la inválida fue quien al poco habría de convertirse en el legendario héroe de Italia, Guiseppe Garibaldi, indiscutido líder de los “camisas rojas” y de la libertad de su patria. No hizo en Paita sino visitar a Manuelita; él mismo lo contó en sus Memorias con indudable acento de emoción.
“Desembarcamos en Paita, donde pasamos el día. Fui amablemente recibido en la casa de una afectuosa dama que estaba clavada en el lecho por un ataque de parálisis que le impedía el uso de sus miembros; pasé la mayor parte del día en un sofá junto al lecho de la dama”.
“Doña Manuelita Sáenz era la más amable y cortés matrona que haya visto jamás. Había disfrutado de la amistad de Bolívar y conocía los más minuciosos detalles del gran Libertador”.“Me despedía de ella muy emocionado. Los dos teníamos lágrimas en los ojos, sabiendo con seguridad que era nuestro último adiós en esta tierra”.

OLMEDO: GRACIOSA Y GENTIL
Por esos años , en 1846, antes de regresar a Guayaquil, el poeta José Joaquín Olmedo se detuvo en Paita, donde se entrevistó con el joven Carlos Bello, hijo de su cordial amigo don Andrés y también con la célebre Manuelita Sáenz, avecinada en ese puerto, de la que escribió frases poco conocidas que dicen: “ Doña Manuelita de Sáenz era la más graciosa y gentil matrona que yo hubiera visto hasta ahora. Había sido amiga de Bolívar, conocía las circunstancias más minuciosas de la vida del Libertador de la América del Sur. Esta vida consagrada completamente a la emancipación de su país y las altas virtudes que le adornaban, no valieron para sustraerla al veneno de la envidia y del fanatismo que le amargaron sus últimos días. Es siempre la historia de Sócrates, de Cristo, de Colón y el mundo que da siempre presa de las miserables nulidades de la vida que saben engañarlo”.

Olmedo había cantado a Bolívar en versos que hoy inmortales. Tal vez pudo haber ayudado a Manuelita, porque esta le guardaba algún aprecio; pero los años y la enfermedad lo ganaron; falleció el año siguiente en el Ecuador,decaído y achacoso.

A principios de 1854, Manuelita habría de sufrir un golpe moral la muerte del maestro Simón Rodríguez, aquel viejo que entendía su genialidad y orgullo, porque en el fondo ambos eran seres idénticos; acorralados por la miseria en rincones del mundo. Escudados en su propio orgullo.

Triste fue el tránsito final del gran Simón Rodríguez. A juzgar por lo registrado en una información publicada en “ El Comercio” del 5 de marzo de 1854, residía el en Tumbes o en Paita. Dice así ese informe:
Paita,febrero 26 de 1854. “En Amotape, pueblo del río Chira está muriéndose el conocido señor don Simón Rodríguez, ayo del Libertador Bolívar, que en viaje de Tumbes a este puerto no ha podido pasar adelante. Su miseria es extremada,pero algunas personas caritativas de aquí han formado una suscripción para proporcionarle los medios de aliviar sus últimos momentos”. Debio pro,over esa colecta Manuelita Sáenz.
Pocos ayudarían al empeño de colaborar en el sepelio de “ el colombiano”, como muchos le decían. En cualquier forma, se deduce de la información que la pequeña colecta se emnvió. No sabemos el fin en que se usó en Amotape. Es probable que sirviera para pagar el modesto sepelio. Lápida no hubo; sospechamos que tampoco tuvo ataúd y que fue enterrado en cuerpo. Lo sepultaron en la misma iglesia; como era costumbre todavía aún durante esa época tratándose de pueblos pequeños.

Manuelita, inválida no pudo cruzar el desierto y dar la despedida a su ilustre e idolatrado amigo.

OTRAS VISITAS EN PAITA
Así se arrastraron las semanas, los meses, los años. De vez en cuando le llegaban cartas de fieles amigos, como el general Florencio O´Leary , quien se basó en documentos de manuelita para reconstruir una parte de la información bolivariana para una vasta colección que sería luego mundialmente célebre. Pero casi siempre las cartas traían malas noticias, de ingratitudes en especial. Más la atacaban quienes más ayuda habían recibido de sus manos. En medio de estas amarguras, siempre cubiertas con una sonrisa, tuvo Manuelita la satisfacción de recibir en Paita la visita casi increíble de un viejo amigo, de un sabio anciano y aventurero expulsado de todas partes. Era un octogenario que viviría casi de la mendicidad, recién instalado en una aldea cercana, el pueblito tallán de Amotape. Era Simón Rodríguez el maestro de Bolívar, el hombre a quien el Libertador siempre había reconocido como su formador inicial y como consejero franco. Hasta Ministro de Educación había sido, más no era entonces sino un peregrino montado en un burro flaco.

Por esos años –como lo registra Evaristo San Cristóbal – también llegó a verla el culto médico peruano Adán melgar. Venía de Europa y en sus charlas con Manuelita le oyó decir con altivez: “ Si el libertador hubiera nacido en Francia habría sido más grande que Napoleón”

Ahora bien , ¿conoció el joven Grau a Manuelita?
Es completamente posible; lo raro sería que no la hubiera conocido. Grau nació en tierras piuranas en 1834, el año anterior a la llegada a Paita d esa mujer muy célebre entonces. Habiendo transcurrido en la pequeña Paita buena parte de la juventud del héroe y siendo puerto de su arribo y de embarque en numerosas ocasiones, resulta casi imposible que no la hubiera tratado. La opción aumenta si nos atenemos a la humanidad de Grau, a quien debió preocupar el infortunio que arrastraba a tan cautivante mujer; la cultura de ella debió ser otro punto posible de contacto. En todo caso un asunto que aún guardan los archivos y las cartas inéditas.

Una tradición oral señala, que Paula Orejuela, la “Morito” una de las ahijadas paiteñas de Manuelita, era hija de la comadrona que ayudó a dar a luz a la madre de Grau.

PALMA: “MAJESTAD DE REINA”

El último personaje importante que vio a Manuelita fue nuestro tradicionalista Ricardo Palma , Muy joven, éste se enroló en la Marina huyendo como él cuenta de las complicaciones derivadas de cierto “ amorcillo de estudiante”. De manuelita ya casi nadie se acordaba en el Perú y Palma ignoraba su existencia. Ni siquiera hallándose en Paita a bordo del “Loa” supo de ella. Fue un francés quien, paseando por la ciudad, le habló de la compañera de Bolívar. Concurrió a visitarla de inmediato.

Pudo apreciar la estrechez en que vivía:”los muebles de la sala no desdecían en pobreza, un ancho sillón de cuero con rodaje y manizuela y vecino a éste un escaño de roble con cojines forrados de lienzo; gran mesa cuadrada al centro; una docena de silletas de estera de las que algunas pedían inmediato reemplazo; en un extremo tosco armario con platos y útiles de comedor y en opuesto una cómoda hamaca de Guayaquil. Vestía pobremente, pero con aseo y bien se adivinaba que ese cuerpo había usado en mejores tiempos gro, raso y terciopelo”. La vio “con la majestad de una reina sobre su trono”.

Plama, quien quiso muy poco a Bolívar, no es avaro en elogios a Manuelita. Habla de su “cortesana naturalidad”, de su “perfecto tipo de mujer altiva” y su palabra “fácil, correcta, nada presuntuosa dominando en ella la ironía”. Alude también a su “distinción” y reconoce que nunca bajo a tierra “sin pasar una horita de sabrosa plática con doña Manuelita Sáenz”.

Es interesante una de sus remembranzas: “ recuerdo también que casi siempre me agasajaba con dulces hechos por ella misma en un braserito de hierro que hacía colocar”.

LA “MORITO”


En sus últimos años, una chiquilla también le ayudaba en algunos menesteres, la mentada Paula Orejuela, su ahijada. A esta mujer, muy anciana ya, alcanzó a conocer el joven Luis Alberto Sánchez, hacia 1924.

“Yo la quería mucho, mucho. Con sólo verla daba ganas de quererla y respetarla. Era una señora alta, robusta , de cara redonda” le dijo.
“¿Y nunca le habló de Bolívar?,interrogó Sánchez a la vije mulata, respondiéndole ella: “ Jamás señor. Ni siquiera vi un retarto de él, a pesar de que la acompañé durante tanto tiempo” ; y precisó que “ no había recuerdos del Libertador en casa de Manuelita”, lo cual indica que, por temor no decía la verdad o que, sencillamente, por su corta edad, la “Morito” jamás tuvo acceso al cofre de las cartas ni a otros recuerdos del Libertador.

Esa “Morito”, nos da los rastros finales de Manuelita, a quien al parecer – y es de recalcarse- amaban mucho las personas que la servían (lo cual daba pábulo a feroces calumnias). Decía que “vivía retirada en su casa, haciendo flores. No tenía dinero y había que ganarlo para pasar mejor la vida. La ayudaban sus dos sirvientas, Dominga y Juana Rosa, las dos muertas hace tiempo. Yo iba siempre y la ayudaba también. Hacíamos flores de trapo y luego las vendíamos. Trabajaba mucho, todo el día cosía sus flores y nos auxiliaba a las tres. Las tres trabajábamos juntas. Y ella con nosotras. No era orgullosa sino con la gente de afuera”.

LA PESTE
Una mal día de noviembre de 1856,desembarcó en Paita un marinero con “la abominable e infernal enfermedad de la garganta” Se desató la difteria. La inválida no pudo huir a través del desierto, como otros lo hicieron. Su servidora María Rosa, que por lealtad permaneció con ella, murió primero. Luego la peste cobró su más ilustre víctima. Fue en la tarde del 23, a las seis. Estaba muy cerca de los sesenta años de edad. Sus pertenencias fueron arrojadas al fuego; así acabó en las llamas el cofre donde guardaban con tanta devoción las preciosas cartas de Bolívar y quien sabe que otras reliquias del Libertador.

DONDE FALLECIO

En Paita subsiste una casa que lleva placa contemporánea alusiva a Manuelita, pero, por su factura moderna no parece coincidir con las descripciones del siglo pasado; tampoco la del balcón que la “Morito” señaló; y aún existe una tercera. Probablemente, manuelita vivió en más de una casa en los veintiún años que pasó en Paita y posiblemente la tradición oral aluda en cada caso más al sitio que a las construcciones mismas. Por otra parte, conforme nos mostró el culto párroco de Paita, Padre Palacios, sus libros parroquiales registran un gran incendio en el puerto el 9 de octubre de 1884, que destruyó cincuenta casas, siniestro de del cual dieron cuenta los diarios de la época, sucintamente.

LA POSIBLE TUMBA


“El Libertador es inmortal, aunque lo queman no muere” , había escrito Manuelita, anticipándose a la inspiración tupacamarista de Alejandro Romualdo en su más famoso verso. Fue en los días terribles de 1830, tiempo en que despojado de poder muchos lo calumniaban a mansalva y los envidiosos más cobardes hasta lo insultaron. No podía sospechar que la metáfora vendría doblemente para ella, porque vive, aun cuando los sepultureros, quizá la quemaron algo con chamizas o por lo menos arrojaron su cuerpo a las improvisadas tumbas colectivas que se abrieron a raíz de la peste.

Sus huesos, sin embargo, serían identificables –si no se calcinaron- gracias a la fractura de la cadera.

Ahora bien,¿dónde se abrieron las fosas comunes?
No fue en el cementerio, que por eso no conserva sus restos; tuvo que ser en las afueras y por sitios donde nadie transitaba, esto es hacia el sur. ¿El lugar preciso?. Versiones orales recogidas de labios de ancianos por Miguel Godos indicarían que fue en la cumbre de un pequeño morro que allí existe y donde hallamos todavía unas pocas cruces dispersas, más recientes. Lo cual revelaría que el sitio se volvió a usar como campo santo –panteón de menesterosos , clandestino parece tiempos después, cuando de la peste no quedaba sino la tradición entre la gente más vieja del puerto.

La cumbre del morro era conocida con la sospechosa denominación de lazareto” en la versión oral popular porteña, según el mismo Godos, circunstancia que aumenta la opción de haber sido realmente aquel lugar el cementerio de las víctimas de la peste; pero el sitio bien pudo ser también en las cuchillas del morro y arriba pudo estar un precario hospital. En todo caso, la ruda eminencia donde se divisa íntegra la enorme rada y se columbra el océano, constituye el pedestal de la gloria de esa extraordinaria mujer a la cual Neruda cantó con sus mejores versos, mientras buscaba sus restos inhallados:

“ Y ella está aquí, pero
Ya nadie
Puede reunir su
belleza”.


De la cumbre pelada del morro arrancamos una flor rarísima en esos pedregales. Era rojo oscuro, la pusimos en manos de quien mantiene vivo el fuego de veneración por Manuelita. (28.05.1987)