domingo, 25 de octubre de 2009

EL ÚLTIMO REFUGIO DE LA LIBERTADORA


Por: Sara Beatriz Guardia*
Manuela Sáenz al enterarse de la muerte del Libertador se trasladó a Bogotá. Al hacer frente a los ataques, manifestó públicamente su adhesión a los ideales bolivarianos. El periodista y político Vicente Azuero incitó la cólera y el desprecio contra Sáenz. Llenó las calles de carteles difamatorios. Los ataques concluyeron el día de Corpus Christi con la quema de dos muñecos que personificaban a Manuela y a Bolívar. “Nosotras, las mujeres de Bogotá, protestamos de esos provocativos libelos contra esta señora que aparecen en los muros de todas las calles [...]. La señora Sáenz, a la que nos referimos, no es sin duda una delincuente”, se leyó luego en otros escritos durante esos días.
Opinión y expulsión

Los ánimos se calmaron hasta la publicación de “La Torre de Babel”, un folleto escrito por Manuela Sáenz, en el que acusaba al gobierno de ineptitud para resolver los problemas más acuciantes y de actos de provocación y sedición. Esto le costó la cárcel y en abril de 1831, el general Rafael Urdaneta la expulsó de Colombia. Cuando el general Francisco de Paula Santander fue elegido presidente de Colombia, la desterró definitivamente el 1 de enero de 1834, confiscándole sus bienes.
Jamaica, Guayaquil, Paita

Maxwell Hyslop, comerciante inglés, amigo de Bolívar, la acogió en Kingston, Jamaica. Allí vivió durante un año hasta que recibió el salvoconducto que le permitía ingresar a su natal Ecuador, otorgado por el presidente Juan José Flores. Sin embargo, no pudo ingresar a Quito pues en octubre de 1835, Flores había perdido el poder. Manuela debió trasladarse a Guayaquil, de donde fue expulsada el 18 de octubre de ese año por el gobierno de Vicente Roca-Fuerte. Entonces se dirigió al Perú, acompañada de Jonatás, su esclava desde que era niña. Se instaló en Paita, pequeño puerto en medio del desierto de la costa norte peruana.
Mujer guerrera

Quienes creyeron que desterrando a Manuela Sáenz la habían vencido, se equivocaron. Era la misma Caballera de la Orden del Sol, condecorada el 11 de enero de 1822 por el general José de San Martín en reconocimiento por su entrega a la lucha independentista. Fue coronela del Ejército de la Gran Colombia por su destacada participación en la Batalla de Junín, el 6 de junio de 1824. Entonces recorrió a caballo la agreste cordillera andina, con Simón Bolívar. Prosiguió la campaña con el general Antonio José de Sucre, cuando Bolívar debió regresar a Lima para combatir un motín. El general Sucre le escribe a Bolívar detallando la Batalla de Ayacucho y solicitando reconocimiento a Manuela Sáenz por su extraordinario valor: “Se ha destacado particularmente Doña Manuela Sáenz por su valentía, incorporándose desde el primer momento a la División de Húsares y luego a la de Vencedores, organizando y proporcionando el avituallamiento de las tropas, atendiendo a los soldados heridos, batiéndose a tiro limpio bajo los fuegos enemigos; rescatando a los heridos []. Doña Manuela merece un homenaje en particular por su conducta, por lo que ruego a Su Excelencia le otorgue el grado de coronela del Ejército colombiano”. El vicepresidente de Colombia, general Francisco de Paula Santander exigió a Bolívar que la degrade. Bolívar respondió indignado: “¿Que la degrade? Un Ejército se hace con héroes y estos son el símbolo del ímpetu con que los guerreros arrasan a su paso en las contiendas, llevando el estandarte de su valor”.

Días de Paita
Manuela Sáenz tenía 38 años cuando llegó a Paita en 1835, donde permaneció hasta su muerte el 23 de noviembre de 1856. Durante estos años la acompañó Jonatás, con quien atendía una pequeña tienda en su casa, en cuya puerta se leía: Tobbaco. English spoken. Nunca recuperó sus bienes ni accedió a la dote que James Thorne, su esposo, le devolvió en su testamento. Ella se negó a realizar cualquier trámite para hacer valer sus derechos.

Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, vivía en un pueblo cercano a Paita, y con frecuencia la visitaba. En su libro “Las cuatro estaciones de Manuela”, Víctor W. von Hagen narra que la visita de Garibaldi coincidió con una de Rodríguez: “Juntos pasaban sus años invernales estos dos enamorados de Simón Bolívar; juntos leían las cartas que les hablaban del pasado. Así estaban un día de 1851, cuando un caballero distinguido preguntó por la Libertadora. Se llamaba Giuseppe Garibaldi”. Von Hagen agrega que los tres pasaron el día conversando de Bolívar: ella, en su hamaca, y Garibaldi, “recostado en el sofá pues sufría de una malaria contraída en las selvas de Panamá”.

Manuela conoció en este período a Herman Melville, cuando el futuro autor de “Moby Dick“ arribó a Paita en 1841, a los 22 años, a bordo del ballenero Acushnet. También llegaron a visitarla Carlos Holguín, político colombiano; Ricardo Palma, que recogió posteriormente la entrevista en sus “Tradiciones…”, y el político y poeta ecuatoriano José Joaquín Olmedo, autor del “Canto a Bolívar”. En Paita, rodeada del mar y de la arena del desierto, todos conocían a Manuela Sáenz, la respetaban y la querían. Ella estaba donde la necesitaban, con la fe y el coraje que caracterizaron su vida. En noviembre de 1856, Paita fue asolada por una epidemia de difteria que causó la muerte de gran parte de la población. El 23 de noviembre murió Manuela Sáenz; unas horas antes había fallecido Jonatás, su fiel compañera. El cadáver de la Libertadora fue incinerado a fin de evitar el contagio, y su casa, y sus pertenencias, quemadas.

Destino americano
Manuela llegó al mundo con el signo del amor ilícito y de la deshonra. Tal fue el escándalo que produjo su nacimiento que, con frecuencia, en Quito se hablaba más de la hija bastarda de don Simón Sáenz Vergara (miembro del Concejo de la Ciudad, capitán de la milicia del rey y recaudador de los diezmos del reino de Quito) que del movimiento por la independencia que se gestaba, y en el que esa niña tendría gran presencia. No en vano, ella presagió muy joven: “Mi país es el continente de América. He nacido bajo la línea del Ecuador”.
[*] Periodista e investigadora.

¿DONDE VIVIO MANUELITA SAENZ?



Por Miguel Godos Curay

Una menuda y calenturienta polémica, ácida como el zumo de la anana verde, se ha suscitado en Paita por la colocación de una efigie de Manuelita Saénz en la casa del viejo barrio de La Figura. Se piensa que doña Manuela exiliada en Paita llevaba mejor vida y no fue así. La patriota quiteña vivía en la suma pobreza y a expensas de la caridad de generosas familias afincadas en el puerto. Por eso crece en acierto la hipótesis de Juan José Vega, Manuel Dammert y Otto Morales Benites que doña Manuelita disfrutara de la hospitalidad porteña en varios rincones. El poeta paiteño Teodoro Garcés habla de una casa en el tradicional barrio de la Punta “cofre del sublime amor”. La afirmación no es inverosímil porque la casa de Alejandro Rudens, Cónsul Americano que alojó a Manuelita, quedaba en este sector.

La casa en donde se ha colocado la efigie es la misma que fotografió en 1922 don Pedro Montero a pedido del doctor Julio Villegas, Cónsul de Colombia en el Perú por encargo del Plenipotenciario doctor Fabio Lozano Torrijos. En la ubicación precisa colaboró don Francisco López un “caballero de elevada figuración social de la localidad”. “Se trata de una casa rústica de cañas y barro, con un techo pajizo….en 1922 -anota Evaristo san Cristóbal- “se encuentra bastante deteriorada y maltrecha”

La misma, en efecto, se encuentra en el Zanjón y según el diligente doctor Villegas, quien ejerció el Ministerio Público por espacio de 17 años, la modesta residencia de Manuelita es propiedad de doña Tomasa Agurto de Vásquez madre de las señoras Felixar Vásquez de Artadi, Ventura Vásquez de Pérez y Tomasa Vásquez de Rentaría.

En carta dirigida al General Juan José Flores el 30 de enero de 1842 Manuela escribe lo siguiente: “…estoy miserable como jamás lo creía y a veces me dan ganas de darme un balazo…”. Quienes piensan que Manuelita estaba cruzada de brazos se quedarán turulatos con su agudeza para abordar temas políticos que con el seudónimo de María de los Ángeles Calderón comunicaba a don Ángel Calderón, su compadre, el general Juan José Flores. Y resulta cursi imaginar a una mujer inteligentísima. Lo eran también sus negras como la Juana Rosa que sabía leer y escribir. Desentendida de la política.

Las cartas de Manuela Saénz a Flores que se conservan corren entre 1837 a 1846. En el Expediente judicial de declaración de pobreza de fecha 29 de noviembre de 1847 y en el poder que otorga a su abogado Cayetano Freyre, documento que existe en el Archivo General de la Nación, éste declara: “mi representada reside en Paita en el estado más miserable de pobreza, sin tener de qué vivir y habitando una desdichada buhardilla, incrustada en la miseria…”. Más adelanta detalla lo siguiente:” Si doña Manuela tuviese propiedad suya, no se encontraría hoy en Paita, viviendo en una buhardilla miserable, tirada en una hamaca sin poder moverse por tener dislocado un hueso del cuadril; no tendría necesidad de ser alimentada y vestida a expensas de la piedad de sus amigos; porque esta humillación no la soporta la persona que tiene de que subsistir, ni menos la toleraría mi representada en su extrema delicadeza; ni tampoco habrían personas que le prestasen sus auxilios en semejante caso…”

Para confirmar el estado de pobreza de Manuela Sáenz dieron su testimonio el Diputado Eugenio Raygada, Manuel Mujíca, el cónsul Alejandro Rudens Jun quien daba a Manuela trabajos de traducción del inglés al español, el coronel don Cipriano Delgado encargado de la Gobernación de Piura. Rudens, declara en autos, que: “el declarante por más de cinco años le ha ministrado el alimento para su subsistencia. Que eso es público y notorio en aquel lugar, pues otras personas animadas también del mismo espíritu caritativo, la auxilian con otras cosas necesarias para conservar su existencia…”. En los momentos más duros Manuelita fue huésped de Rudens.

Manuela Sáenz era comadre de Tadea Castillo casada con José María Orejuela. Doña Manuel Sáenz fue madrina de Simón Francisco (1838), de Manuela de la Circuncisión (1841), de Paula (1843) y Alejandro de la Natividad (1845). Doña Tadea era conocida en Paita como “La Morito” con el mismo sobrenombre se llamaba a su hija Paula quien entrevistada en 1922 por Luis Alberto Sánchez indicó que la casa en la que vivió su madrina era la que ocupaba la tienda del chino Ricardo Wong. Esta información la confirme del propio LAS. Lo cierto es que Manuelita rodó por la escalera del altillo en que vivía y no volvió a caminar. Por este motivo mudó de morada.

Entonces se postró en una hamaca. Así la encontró en 1856, el año de su muerte, Ricardo Palma:”…mi cicerone se detuvo a la puerta de una casita de humilde apariencia. (no habla Palma que es muy minucioso de subir escaleras). Los muebles de la sala no desdecían en pobreza. Un ancho sillón de cuero con rodaje y manizuela, y vecino a éste un escaño de roble con cojines forrados en lienzo; gran mesa cuadrada al centro; una docena de silletas de estera, de las que algunas pedían inmediato reemplazo; en un extremo, un tosco armario con platos y útiles de comedor, y en el opuesto una cómoda hamaca de Guayaquil”. Aquí murió Manuelita el 23 de noviembre de 1856.
Foto de la casa donde murió Manuelita, registrada en 1922, por don Pedro Montero.

lunes, 24 de agosto de 2009

UN PASILLO PARA MANUELITA SAENZ



Queridos amigos:
Pongámosle algo de feliz nostalgia a la vida. Ahí les va el lindo pasillo que compuso Giovanni Mera sobre una letra mía, interpretado por el grupo Camino y Canto. Se estrenó anoche en la Casa de la Música, durante la velada de homenaje al Bicentenario que organizó la Empresa Eléctrica Quito S. A.
Reciban un triple abrazo de
Jorge

MANUELA, GENERALA (ECUADOR) Pasillo
Jorge Núñez Sánchez

Ahora estás, generala, de nuevo entre nosotros,
de regreso a la tierra donde naciste un día,
con tu imagen completa, rescatada de olvidos
y limpia de la escoria de vil habladuría.

Vas enhiesta y cabalgas sobre briosos potros,
luciendo sobre el hombro tu nueva nombradía
y traes un mensaje de luces y de fuegos
a las gentes sencillas de tu América altiva.

Los de hoy te admiramos como antaño los otros
que alabaron tu fuerza, tu empuje, tu osadía,
tu belleza criolla y tu palabra viva.

Déjanos, Manuelita, tenerte entre nosotros,
nombrarte lideresa de nuestra rebeldía
y tenerte en tu Quito para siempre cautiva.

miércoles, 18 de marzo de 2009


CORREO DESDE QUITO (ECUADOR)
Quito, 14 de marzo del 2009.-

Al escritor Miguel Godos Curay
Paita, Perú.-

Admirado compatriota:
Soy el historiador ecuatoriano Jorge Núñez Sánchez. Navegando por la red me he encontrado con su formidable artículo titulado "¡SEÑOR DECANO NO SOMOS PUTAS!". Me parece una noble y sentida vindicación de Manuela Sáenz y de las mujeres de América Latina, siempre expuestas a los embates de los brutos y misóginos.

Me ha encantado su estilo de escritor y polemista. Creo estar leyendo a don Juan Montalvo, justamente exaltado en su temple de combatiente de la pluma por el maestro Otto Morales Benítez.

Lo felicito y le agradezco como hombre, como ser humano y como latinoamericano, por esta valiente vindicación de la mujer y de Manuela, símbolo de la feminidad combatiente.

Por favor, acepte mi mano de amigo y téngame entre los suyos.

Jorge Núñez Sánchez

miércoles, 11 de marzo de 2009

RELACION DE LA MUERTE DE DON SIMON RODRIGUEZ

POR CAMILO GOMEZ, TESTIGO PRESENCIAL (Publicada en El Grito del Pueblo, Guayaquil, jueves 4 de agosto de 1898, con el título:"Dos retratos del natural"). "Sr. Director de "El Grito del Pueblo": Latacunga, Julio.-En esta ciudad posee el señor José María Batallas dos retratos al óleo, uno del Libertador Simón Bolívar, y otro de su ayo don Simón Rodríguez, que se reputan tomados directamente de los personajes que representan. Fueron encontrados entre los trastos de don Simón Rodríguez que existían en la vecina parroquia de San Felipe, donde aquel residió algún tiempo, y se deduce que si alguien debiera tener el retrato verdadero de Bolívar era su ayo. Van a ser estos lienzos exhibidos con una información fidedigna por el señor Batallas en la Exposición Nacional que se proyecta organizar en Quito. El de Bolívar que está algo deteriorado es de medio cuerpo. Tiene bigote, lo que no pasa en ninguno de sus retratos, en que se le presenta afeitado. El de don Simón Rodríguez es de parecido completo según lo atestigua el señor Camilo Gómez, natural de ésta, que lo acompañó por mucho tiempo y a quien aquél consideraba como hijo adoptivo. Refiere éste un interesante episodio de la vida del célebre ayo del Libertador. Cuando al señor Gómez se le enseñó el retrato de don Simón Rodríguez, manifestó su admiración, exclamando: "Sólo le falta hablar". y hizo la siguiente narración de cómo lo conoció y de sus últimos momentos: "Don Simón, dijo, residió en esta ciudad algún tiempo; para vivir daba lecciones de primeras letras a las hijas de una señora Viteri. Lo acompañaba José Rodríguez, a quien quería como a hijo y lo llamaba por el nombre de Cocho. Trabé relaciones de amistad con este joven que era de mi misma edad y con él visitaba la casa de don Simón, el que pronto me consagró especial cariño. Al poco tiempo de conocernos se dirigió don Simón a Guayaquil con su hijo, y los seguí dos meses después. En esa ciudad celebró un contrato con un señor Zegarra para refinar esperma, empresa que fracasó. Acosado por las exigencias de Zegarra para que le devolviera el dinero con que lo habilitara, don Simón Rodríguez resolvió dirigirse al departamento de Lambayeque, en el Perú, llamado por un caballero para que implantara no sé que negocio. Sin esperar embarcación a propósito, nos embarcamos en una balsa de sechuras que se hallaba en la vía. Fuímos arrastrados por corrientes contrarias a causa de un temporal, y sólo mes y medio después pudimos arribar a una caleta de pescadores, que creo se llama Cabo Blanco, habiendo sufrido hambre y sed, pues se nos acabaron los víveres y el agua. Don Simón se encontraba grave. José se trasbordó a una chata y sin decirnos nada nos dejó abandonados. Saltamos a tierra sin recursos; todo el equipaje de don Simón se reducía a dos cajones con libros y manuscritos. Tres semanas permanecimos en la choza de unos indios pescadores, los que al fin me dijeron que no podían continuar manteniéndonos y que don Simón tenía una enfermedad que podía contagiarlos. Logré convencerlos de que era hombre importante aquel viejo enfermo y que podría reportarlos alguna utilidad, si me acompañaban hasta algún pueblo cercano. Accedieron y me llevaron a Amotape cerca de Paita. Me dirigí a casa del cura y le impuse de lo que pasaba. Después de algunas dificultades me proporcionó dos caballos y diez pesos: Regresé con los indios a Cabo Blanco. Hice montar a don Simón y lo conduje a Amotape. Al llegar a la entrada del pueblo ví con gran sorpresa presentarse algunos hombres, que nos salieron al encuentro y nos detuvieron diciéndonos que tenían orden del cura para llevamos a su quinta que estaba cerca.Tomamos ese camino y llegamos a la casa de la quinta en la que no había más que una habitación, con una silla vieja y en el rincón un poyo de barro en el que acosté a don Simón. El cura no volvió a acordarse de nosotros, y nos faltaba todo. Ignoraba yo la causa de este abandono. Todos los días iba al pueblo a buscar el alimento para don Simón, que era preparado por una señora caritativa. Me dijo entonces ésta, que el cura había prohibido la entrada al pueblo a don Simón y prohibido que lo visitaran los habitantes porque había descubierto que era un hereje. Todo el mundo temía aproximarse a la quinta; y esquivaban hasta tener trato alguno conmigo. Aislado y sin medios de asistencia sufría lenta agonía el enfermo, hasta que las señoras Gómez, hermanas del señor Manuel Gómez de la Torre, que por entonces estaban tomando baños en la Brea, vinierona visitarlo acompañadas de dos padres jesuítas. Don Simón que estaba acostado los miró con profunda indiferencia y se volvió del lado contrario, sin dirigirles la palabra. Pasaron algunos días y me sorprendió una mañana don Simón diciéndome que fuera a llamar al cura. Me dirigí a casa de éste, y fuí mal recibido; el cura me contestó que no quería ver a un protestante. Insistí, manifestándole que deseaba confesarse el enfermo. Entonces convino en acompañarme. Don Simón tan luego lo vió entrar se incorporó en la cámara, se sentó, hizo que el cura se acomodara en la única silla que había y comenzó a hablarle, algo así como una disertación materialista.El cura quedó estupefacto y apenas tenía ánimo para pronunciar algunas palabras tratando de interrumpirlo. Era yo muy joven y no comprendía el alcance de 10 que decía don Simón, sólo recuerdo que manifestaba al cura que no tenía más religión que la que había jurado en el Monte Sacro con su discípulo. Volviéndose hacia mí, díjome que saliera. La conferencia fue larga. Cuando salió el cura iba más tranquilo y más complacido de lo que estaba al venir. A las 11 de la noche del día siguiente comenzó la agonía de don Simón Rodríguez; a intervalos exclama: ¡Ay mi alma! Espiró y permanecí cerca del cadáver hasta la madrugada. Me dirigí al pueblo a participar lo ocurrido al cura, el que me trató rudamente por haberlo despertado tan temprano. Una señora que me vió salir llorando, se acercó a consolarme y me aconsejó que escribiera al cónsul de Colombia en Paita; lo que hice inmediatamente. Recibí al día siguiente la contestación firmada por el señor Emilio Escobar, que encargaba se hiciera el entierro a su costa. El cura entonces sufragó los gastos y aun ordenó que se colocara el cadáver en un nicho que existía en el cementerio. Además, tal vez por orden del cónsul, me proporcionó un vestido de paño y diez pesos. Cuando me proponía dejar el pueblo se presentó Cocho y acompañado de éste nos dirigimos a Paitá, llevando los dos cajones de libros de don Simón. En ese puerto encontramos a los ecuatorianos señores García Moreno, Rafael Carvajal, José María Cárdenas y otros emigrados, a los que referí la muerte de don Simón Rodríguez. García Moreno tomó de entre los papeles contenidos en el cajón una carta de Bolívar a su maestro. Protegido por aquellos caballeros y con recomendaciones de la señora Manuela Sáenz, partí para Panamá, pues creía que yo era hijo de don Simón y tanto ella como los emigrados no me trataban por mi apellido sino por el de Rodríguez. Tal es la relación que nos ha hecho el señor Camilo Gómez.Le preguntamos si recordaba el año de esos sucesos; y nos dijo que creía fuese el 56 o el 58. El señor Gómez es un anciano formal y honrado y que está en pleno uso de sus facultades. El Corresponsal. * Cuando muere Don Simón Rodríguez en Amotape, Manuelita Sáenz se encontraba en Paita.Según el testimonio de Camilo Gómez doña Manuela le auxilió y facilitó el viaje a Panamá.

domingo, 18 de enero de 2009

VIAJE AL PUEBLO EN DONDE MURIÓ "LA LIBERTADORA"





Por: Alfredo Molano Bravo /
Especial para El Espectador ( Bogotá,Jueves, 20 de abril de 2006)
« Hoy se recuerda más como una amante de Bolívar que como una patriota que luchó hombro a hombro con los soldados en las batallas de Junín y Ayacucho, y que fue nombrada por Sucre en el campo de batalla Coronel de los ejércitos patriotas »

LA OTRA MANUELA

Piura es la puerta de Paita. Allí, algo de desierto comienza a respirarse, de ese desierto que rodea por el norte, por el sur y por el poniente al Perú, un país que Bolívar ambicionó pero nunca amó. Piura es una pequeña ciudad cercana a la frontera con Ecuador y que gira más en torno de Guayaquil que de Lima. Es el reino del trupillo, un árbol de hojas pequeñas y graciosas, rejudo y espinoso, que da unas vainas largas y olorosas como habichuelas. Nuestra Guajira está llena de ellos.

No es fácil llegar a Paita; el único bus que viaja, sale a las 6 de la mañana y regresa a las 5 de la tarde. Total, hay que ingeniárselas para llegar a ese puerto del Pacífico, donde murió Manuela Sáenz el 26 de septiembre de 1856, a los 48 años, casi a la misma edad que Bolívar. El paisaje que hoy se ve no debe ser muy diferente al que se veía a mediados del siglo XIX, si no fuera por las bolsas plásticas que, arrastradas por el viento, terminan atrapadas en cualquier trupillo.

Es una región plana, monótona y polvorienta. Por trechos hay cabras que cuida un pastor melancólico y sediento. Pero Paita misma tiene un mar azul, y una bahía abrigada que de tarde en tarde es cubierta por una neblina inoportuna y densa. Es el principal puerto del Perú en el Pacífico. Hoy es un pueblo de dos pisos. Arriba está la zona franca repleta de contenedores en fila, fábricas de hielo y varias empacadoras de pescado y de mariscos.

Están construyendo una enorme catedral en cemento armado, gris como el desierto y fea como un búnker. Guarda una estatua en madera de la Virgen de la Merced,venerada por tener una herida en el cuello hecha por un pirata ingles, que la botó al mar dándola por destruida. Tres días después, como cualquier cadáver, el mar la devolvió a la playa.

En el piso de abajo hay un muelle largo, un pequeño depósito y unas grúas. A todo lo largo de la costa pululan las ventas de pescado frito. Todo huele a aceite rancio. La pobreza se arrastra por el muelle. Sobrevive el edificio de la aduana,construido a fines del siglo XVIII . Tiene tres pisos y un mirador que vigila la bahía y que se cae a pedazos. Los vendedores de lotería, los tramitadores de aduana, los negociantes de sandía, colorada y fresca, lo han hecho su sede.

Al frente hay una iglesia, llamada hoy la Antigua Iglesia de la Merced. Construida a principios del siglo XIX, vive cerrada, salvo los domingos. A su lado hay otra iglesia, más vieja, siempre cerrada. En el campanario revolotean golondrinas; en el altar de madera pululan las ratas. No se sabe si Manuela tuvo oficios fúnebres, porque murió siendo una hereje y, además, de difteria, una fiebre infecciosa temida en los puertos.

LA CASA DE MANUELITA

La casa de la Bella Insepulta, como la llamó Pablo Neruda, pasa desapercibida para quien no la busca. Y aun para el que la busca. Nadie da razón de ella. La rodea un secreto, un sigilo que se esconde o que se goza. Manuela Sáenz sigue siendo una desaparecida. Alguien siempre traiciona y señala desde lejos la calle, y en la calle, al disimulo, la casa. No queda al nivel de las otras casas. Tiene un corredor corto con barandas. Está construida en adobe y hoy tiene techo de zinc oxidado. Está pintada con cal de un ocre desteñido.

Hay una placa conmemorativa. Para entrar hay que golpear la puerta de madera, y hacerlo con insistencia y vigor, porque se debe superar el volumen de la telenovela de turno. Una muchacha medio aperezada me abre la puerta y, sin mediar palabra, me ofrece un folleto de dos soles con la estampa de Manuela. Es todo, quisiera decirme, pero yo empujo con la rodilla la puerta y le pregunto: ¿Aquí vivió ella? ¿Dónde dormía? ¿Dónde dormían Jonathás y Nathan? ¿Dónde comía? ¿Dónde murió? ¿Qué fue lo último que vio? La muchacha me mira como a un invasor. Pero nada me responde. ¿Murió en una cama o en la silla de ruedas? La televisión seguía sonando a grito herido. La miré a los ojos: Oye, dime, ¿dónde colgaba la hamaca? "Ahí —me contestó— señalándome una argolla".

En el ángulo opuesto estaba la otra argolla. Es el único resto de Manuela. En su diario, un día de nostalgia escribió: "Estoy sentada frente a la hamaca, que está quieta como si esperara a su dueño. El aire también esta quieto; esta tarde es sorda". En la sala hay una mesa de plástico blanca con asientos, también de plástico; un espejo redondo que alguna vez fue tocador, un sofá
desvencijado, una mesita alta llena de revistas de modas. Atrás hay dos alcobas con tres camas, un armario y las fotos de santos, tías, abuelos, parientes de la familia Godos, quien habita hoy la casa.

Hay una ilustración enmarcada que alguna vez fue portada de una revista con un dibujo de Manuela Sáenz, "Caballeresa de la Orden del Sol". El general San Martín, a quien en Perú se honra más que a Bolívar, la condecoró con esa orden a instancias de Rosa Campuzano, su amiga íntima y querida del Protector. Quizás haya un baño y una cocina en un patio de atrás. Frente hay un parque de esquina con un busto de Bolívar de espaldas a la casa donde su amante vivía. "Doña Manuela nunca —me explica la muchacha— perdió la esperanza de que Bolívar
volviera y de que la muerte de él fuera un embuste. Vivió mirando al puerto. Era mujer muy valiente, se transformaba en hombre para proteger al Libertador".

Manuelita, como la llama el pueblo, es una de las figuras más atractivas de la independencia americana. Hoy se recuerda más como una amante de Bolívar que como una patriota que luchó hombro a hombro con los soldados en las batallas de Junín y Ayacucho, y que fue nombrada por Sucre en el campo de batalla Coronel de los ejércitos patriotas. Fue una de las tantas juanas, de esas mujeres que andaban detrás de las tropas y que combatían al lado de sus hombres. Llevaban la peor parte: alimentar a sus maridos, curarlos cuando eran heridos y enterrarlos cuando morían.
Las relaciones de Bolívar con Manuela fueron apasionadas. Mucho se ha escrito sobre ellas. En la última carta conocida, Bolívar la llamaba: "En mí sólo hay despojos de un hombre que sólo se reanimará si tú vienes. Ven para estar juntos. Ven, te ruego". Pero ella no alcanzó a llegar a Santa Marta. La noticia de la muerte del Libertador la detuvo en Guaduas. Vivió cuatro años más en Bogotá, vigilada y asediada por el gobierno. Optó por exiliarse en Jamaica, como el Bolívar de 1813 y bajo los auspicios de la misma persona, Maxwell Hyslop.

Desesperada entre la pobreza y la soledad, volvió al Quito que adoraba y donde poseía una gran hacienda en litigio. Aún vivía su marido James Thorne, a quien ella había abandonado cuando Bolívar pasó victorioso por Lima. El gobierno de Vicente Rocafuerte la expulsó del Ecuador y así, llegó con sus dos esclavas a Paita. Había dejado en Bogotá un baúl lleno de cartas que se cruzaron con Bolívar, y que sólo unos días antes de su muerte logró trastear a Paita. La vida de Manuela en Paita fue muy dura. Fue un exilio. La pensión que le correspondía como oficial del ejército le había sido suspendida por Santander, y sus bienes en Ecuador confiscados por el gobierno. Vivió asediada por la pobreza y la soledad. "No tengo a nadie. Estoy sola y en el olvido. Desterrada en cuerpo y alma, envilecida por la desgracia de tener que depender de mis deudores que no pagan nunca".

Se rebuscaba con dignidad en lo que podía: amarrando tabaco, haciendo postres de cidra y limón, tejiendo carpetitas. En 1840 "vino a visitarme el señor José Garbaldi, muy puesto aunque un poco enfermo… Jonathás y yo —escribe con picardía— no tuvimos reparo en desvestir a este señor y aplicarle ungüentos en la espalda". Por Paita pasó en 1845 Herman Melville, quien andaba recogiendo información sobre la vida de las ballenas para su novela Moby Dick;
seguramente lo conoció, porque Manuela mandaba todos los días a Jonathás a mirar quién había llegado al puerto. En febrero del 1854 la visitó el maestro de Bolívar, Simón Rodríguez, según ella "el creador de sus desgracias". Fue un encuentro desbordante de alegría al comienzo, que terminó en un abismo. "Hablamos y discutimos, pues defiende a Santander". El viejo se despidió un tanto amargado, diciéndole: "Dos soledades, Manuela, no se hacen compañía". No volvieron a verse. Ricardo Palma, autor de Tradiciones peruanas, la visitó poco antes de su muerte. La encontró en "un sillón de ruedas… abundante en carnes… vestía pobremente… los ojos negros animadísimos en los que parecía reconcentrado el fuego que aún le quedaba".

Dos años después, el general Antonio de la Guerra escribía el 28 de diciembre a su esposa: El 23 pasado a las seis de la tarde dejó de existir nuestra amiga doña Manuela Sáenz... Luego de ser enterrada en el cementerio local, se dispuso de sus bienes sin que hubiera motivo de recato de las autoridades, procediendo a cercar los linderos de su casa y a quemar todo… (para evitar el contagio) con la abominable e infernal enfermedad de la garganta", la difteria. El baúl con la mayoría de las cartas de Bolívar —"ese señor que me forzó a seguir viviéndolo"— se quemó también.

EL PUEBLO DE PAITA
No muy lejos de la casa de Manuela, en un alto, está el cementerio, reinaugurado por un alcalde en 1911. Tiene dos zonas. Una nueva, de galerías y muertos ordenados. El fenómeno llamado el Niño, en 1993 destrozó algunas y muchos esqueletos permanecen al aire. Cuando entré, los deudos de un tal Buenaventura, muerto dos años atrás, le daban una serenata de cumpleaños. Un trío cantaba y los asistentes aplaudían. La viuda lloraba. La zona antigua tiene las tumbas en el piso. Una cruz si eran católicos o una tabla si eran protestantes o desconocidos señala el sitio del muerto. La que dicen que es de Manuelita, tiene su nombre y unas flores azules de plástico. Yo le llevaba un floripondio amarillo que corté a la entrada del cementerio, lo puse en la cruz y volví a rezar con Neruda: "Adiós, Manuela Sáenz, contrabandista pura, guerrillera, tal vez tu amor ha indemnizado la seca soledad y la noche vacía".

De Paita salí para Amotape, el pueblito donde murió Simón Rodríguez No está muy lejos de Paita. Se atraviesa un trecho del desierto, se llega a un puente medio caído que rompió el mismo Niño del 93 y que aún no ha sido reparado. El río al reclamar siempre su lecho ha hecho una zona fértil que interrumpe la aridez. Se cultiva maíz, arroz y algodón. La mayoría de estas tierras, hoy en poder de pequeños campesinos, hacían parte de la famosa hacienda de Casas
Grandes que el general Velasco Alvarado le expropió a una familia alemana y repartió entre parceleros que el gobierno organizó en cooperativa.

En el 95 el Congreso emitió una ley que autorizaba la asociación de campesinos de las cooperativas rurales y transformarse en sociedades anónimas. Hoy los inversionistas están comprando parcelas y reconstituyendo las antiguas haciendas. Al fondo del valle está el pueblo. Cuatro cuadras de largo por cinco
de ancho. Una gran iglesia con altozano, la casa consistorial, tres chicherías y 50 casas que mueren de calor y hastío. A las tres de la tarde, cuando llegamos, no se movía la hoja de un árbol. El viento no pasa por Amotape. A dos cuadras de la plaza principal, llamada de Armas en Perú, está la casa donde murió Simón Rodríguez o Samuel Robinsón o "el diablo en andas", a decir de Manuelita.

El niño que me llevó me explicó por el camino como para evitarme una sorpresa: "¡Pero él ya no vive ahí!". Dónde, le pregunté. Él murió, me respondió con disimulo, y cayó en un silencio ceremonioso de donde salió para agradecerme la moneda que le ofrecí. Es una casa azul de paja que tiene dos habitaciones. En una, a la entrada, hay dos camastros y un arrume de maíz medio gorgojeado. En la otra, un colchón cubierto con un mosquitero. Es triste. Ni una placa, ni una referencia. Como tragado por el tiempo. Al salir ví las argollas donde el viejo debió colgar, como Manuelita, una hamaca para rumiar recuerdos. Simón vivía de una humilde pensión que Bolívar le había dado y que, es previsible, poco o nada le llegaba a un pueblo que a duras penas hoy se sabe dónde queda. Lo enterraron en el suelo de la iglesia.

El sacristán actual, en cuanto nos vio interesados en el ilustre cadáver, no dijo con gran sigilo: "Si ustedes nada dicen, les voy a mostrar a don Simón". Nos llevó detrás del altar mayor. En un rincón había un cajón de madera. La tapa estaba asegurada con unos baldosines rojos. Quitó uno por uno, insistiendo en que nada diríamos, "bajo juramento de personas creyentes", remató al levantar la tapa. Tenía un esqueleto completo y casi bien conservado. Y ¿cómo sabe —le pregunté— que es el de don Simón? Porque lo desenterramos del mismo sitio donde lo metieron. Pero podía ser otro, argumenté. "No —dijo—, no. Yo mismo traje un retrato de él, lo puse a su lado y eran igualitos, igualitos. Don Simón era menudito y tenía el cabello muy largo.

Lo desarregló la gente que quería tocarlo y por limpiarle los ojitos y la boquita, lo destrozó, Pero fue por eso, no por hacerle daño". Me sentí muy conmovido por el privilegio de conocer en persona la momia de quien acompañara al Libertador en el Monte Sacro. "Simón — dicen que dijo Bolívar—: juro libertar a América de esos vergajos". Fue Rodríguez al decir de Manuela quien le metió tantas ideas en la cabeza al Libertador y a quien hace responsable, por tanto, de sus desgracias. A la salida de la iglesia un hombre viejo nos dijo: "Simón fue robado de aquí y sus restos están en Caracas. Chávez mandó a una antropóloga forense y estableció que el cadáver que ustedes vieron es de una mujer fallecida a los 50 años, hace un siglo".

jueves, 14 de agosto de 2008

¡GENERALA MANUELA SAENZ: HASTA LA VICTORIA SIEMPRE!


Por: Rafael Correa Delgado
Presidente de la República del Ecuador

*Discurso pronunciado en el 185º aniversario de la Batalla de Pichincha (24.5.1822)

Desde los primeros días del gobierno de la Revolución Ciudadana iniciamos una especie de balance y reparación de lo que el Neoliberalismo había producido con su ignominiosa prepotencia, salvajismo e insensibilidad. El 15 de enero dijimos: que a nadie le quepa duda, nuestro gobierno será bolivariano y alfarista. Hoy, 24 de mayo, al conmemorar 185 años de la Batalla de Pichincha, empezamos a ajustar cuentas con la Historia. El nombre de Manuela Sáenz fue escondido, vilipendiado, olvidado por décadas y décadas. Las cartas íntimas, diarios y documentos fueron ocultados por más de 130 años. Para muchos, no cabía ensalzar la figura de quien les parecía más concubina y adúltera que la expresión más pura de la revolución, el coraje, la independencia y el amor.

Esa Manuelita Sáenz Aizpuru, que padeció la lacra social de ser hija ilegítima; entregada, de acuerdo a las convenciones de la época al Monasterio de Santa Catalina, huérfana de madre, logró ganar el cariño de su madrastra y el amor de su padre, Simón Sáenz. Los retratos de su niñez la pintan jugando en el jardín, con ojos vivaces y escrutadores, suelta y embellecida por su espíritu insubordinado, como anticipando lo que sería una práctica de vida: el asombro, la valentía y la pasión.

Tras su matrimonio, Manuela reside en Lima y en esa ciudad se inicia su cruzada libertaria. Influye para que el batallón realista Numancia rompa amarras con los conquistadores y forme parte de las filas patriotas. Su actitud conspiradora le valió el reconocimiento del General José de San Martín que la condecoró con la Orden de Caballeresa del Sol. Hizo amistad con la guayaquileña Rosita Campuzano, compañera de amor y de ideales de San Martín. De vuelta a Quito, y con los acontecimientos de la Batalla de Pichincha, Manuela se incorpora a la lucha al presentarse a colaborar con el ejército independentista. Participa en el auxilio de los heridos, y, tras la capitulación realista, traba amistad con el Mariscal Sucre. Conoce a Bolívar el 16 de junio de 1822, y se inicia uno de los más hermosos romances de nuestra historia.

En septiembre de 1823, Bolívar se encuentra en Lima y al enterarse de un motín en Quito, escribe a Manuela expresándole su preocupación y admiración por disolver "... con la intrepidez que te caracteriza, ese motín que atosigaba el orden legal establecido por la República..."; así mismo pide que se traslade de inmediato a Lima para hacerse cargo de la Secretaría de la Campaña Libertadora y de su archivo personal y ordena al Coronel O´Leary realizar los arreglos necesarios para la llegada de Manuela y su incorporación al Estado Mayor General con el grado de húsar.

El 9 de junio de 1824, Bolívar, desde el Cuartel General de Huaraz, invita a Manuela a marchar juntos hacia Junín. La respuesta de Manuela, fechada el 16 de Junio, revela su talante orgulloso y altivo: "...mi amado, las condiciones adversas que se presentan en el camino de la campaña que usted piensa realizar, no intimidan mi condición de mujer, por el contrario, yo las reto... ¡Qué piensa usted de mi! usted siempre me ha dicho que tengo más pantalones que cualquiera de sus oficiales, ¿O no?...".

Tantas cosas hizo Manuela por la liberación. Armó, junto a Bolívar, lo que ella llamó “una verdadera comisaría de guerra”. Recolectaba chatarra, confiscaba campanas, sacaba clavos de estaño de las bancas, todo para la fabricación de armamento. Fomentó la construcción de talleres para hilar lanas para los uniformes de la tropa. Bien podemos decir que nuestro programa Hilando el Desarrollo, tiene su patrona y madrina en la figura de Manuela.

A pesar de los consejos de Bolívar, y de las sugerencias a Sucre para que se encargue personalmente del cuidado de Manuela en los días de la Batalla de Ayacucho, ella contradice la orden de ponerse a resguardo, y la carta de Sucre a Bolívar es evidencia de la heroicidad de nuestra Manuela. Sucre escribe:"...incorporándose desde el primer momento a la división de Húsares y luego a la de Vencedores; organizando y proporcionando el avituallamiento de las tropas, atendiendo los soldados heridos, batiéndose a tiro limpio bajo los fuegos enemigos; rescatando a los heridos...; Doña Manuela merece un homenaje en particular por su conducta, por lo que ruego a Su Excelencia le otorgue el Grado de Coronel del Ejército Colombiano".

Bolívar, entre feliz y orgulloso, comunica a Manuela su sorpresa de que "... mi orden de que te conservaras al margen de cualquier encuentro peligroso con el enemigo, no fuera cumplida, a más de tu desoída conducta, halaga y ennoblece la gloria del Ejército Colombiano, para el bien de la ´patria y, como ejemplo soberbio de la belleza, imponiéndose majestuosa sobre los Andes´. Mi estrategia me dio la consabida razón de que tu serías útil allí; mientras que yo recojo orgulloso para mi corazón, el estandarte de tu arrojo para nombrarte como se pide, Coronel del Ejército Colombiano".
Tras la muerte del Libertador, y exiliada en Paita, Manuela recibe visitas de Garibaldi, Herman Melville, Simón Rodríguez, González Prada. Su lealtad al Libertador la acompañó hasta los terribles días en que una epidemia de difteria terminó con la existencia física de nuestra Manuela en noviembre de 1856.

Pablo Neruda dedicó a Manuela la hermosa y triste elegía: La Insepulta de Paita, en la que dice, en este breve fragmento: Ésta fue la mujer herida. En la noche de los caminos tuvo por sueño una victoria, tuvo por abrazo el dolor, tuvo por amante una espada. Tú fuiste la libertad, Libertadora enamorada. Manuela, estás en el recuerdo de García Márquez, que al contar las últimas horas de Bolívar te describe: Fumaba una cachimba de marinero, se perfumaba con agua de verbena que era una loción de militares, se vestía de hombre y andaba entre soldados, pero su voz afónica seguía siendo buena para las penumbras del amor. Manuela: Eres la luz despierta de los tiempos oscuros. Eres nuestra compatriota y nuestro destino. Hoy eres memoria viva de la Libertad. Hoy eres el espejo en el que otras mujeres se miran y agigantan.

El gobierno de la Revolución Ciudadana, confeso en su adhesión a la figura de Manuela, se enorgullece en contar en su gabinete con mujeres patriotas que dirigen los destinos de sus ministerios con la mayor consagración y devoción por el pueblo ecuatoriano. Está con nosotros la memoria de Guadalupe Larriva, inolvidable compañera socialista. Los programas y proyectos del gobierno van dirigidos hacia la mujer, hacia su sobriedad y sabiduría en el manejo de recursos, hacia su condición de madres y protectoras del hogar. El mayor homenaje a Manuela se expresa en los proyectos para dotar de trabajo y salario digno a las madres solteras; en la protección a las mujeres que son víctimas de maltrato familiar y violencia doméstica; en dotar de condiciones de dignidad humana a las mujeres que padecen privación de su libertad; en la entrega de micro créditos para que las madres dirijan la economía y las pequeñas unidades de producción familiar.

El tributo a Manuela se manifiesta en la Campaña Nacional de Salud, Solidaridad y Responsabilidad Social, en el que las mujeres y madres son las coautoras del bienestar social; en la Comisión de la Verdad que esperamos informará, al fin, el paradero de los hijos desaparecidos a sus desesperadas madres; en la entrega del Bono de Vivienda; en el orgullo de las madres trabajadoras, con quienes tuvimos el privilegio de desfilar el Primero de Mayo. El reconocimiento a la memoria de Manuela se traduce en la mejora salarial de las madres y mujeres que realizan trabajo doméstico; en la malaventura de las madres que han sufrido por las fumigaciones y la desatención del Estado; en las madres Tagaeris y Taromenanis, y demás nacionalidades y pueblos, siempre oprimidos y postergados. Este es el mayor manifiesto a la memoria de Manuela: la consagración diaria y permanente a luchar por los desposeídos y por la reivindicación de la mujer, de Matilde Hidalgo, Manuela Cañizares, Manuela Espejo, Nela Martínez, Dolores Cacuango, Alba Calderón, y de todas las mujeres anónimas de nuestra historia pasada y presente.nadie va a frenar el ímpetu de la memoria.
Ninguna conspiración vencerá a este pueblo que camina altivo hacia la libertad. Ningún complot podrá con la voluntad indómita de los ciudadanos y ciudadanas de esta tierra sagrada. Ninguna conjura artificiosa y desleal volverá a someter al pueblo ecuatoriano.
Ningún ardid podrá emboscar esta insurgencia y la decisión libre y soberana de amar nuestra propia historia, nuestros propios héroes, nuestra propia vida. Manuela Sáenz: Si ayer fuiste la luz morena del pichincha, húsar del estado mayor independentista, Caballeresa del Sol, Libertadora del Libertador, Coronela del Ejército Grancolombiano, Insepulta de Paita, hoy eres, y para siempre, Generala de la república del Ecuador.Eres todo eso, pero nunca será suficiente para tu estatura indomable, generosa y libertaria.
¡Generala Manuela Sáenz!... ¡Hasta la victoria siempre!.