sábado, 29 de marzo de 2008

PROTESTA Y VALIENTE RESPUESTA


Por: Miguel Godos Curay

Que Manuela Sáenz, la patriota quiteña, tenga enemigos gratuitos en pleno siglo XXI. No nos extraña. Los tiene el propio Libertador Bolívar a la vuelta de la esquina. Manuela, es verdad, no tiene admiradores entre los cucufatos, los cerebroestrechos, los prejuiciosos, los nobles de apellido rimbombante y sospechosa identidad genética. Los insulsos, los que enmascaran su otro yo misógino, los indefinidos, los que inventan la historia con pretensión predicadora. Los que reniegan de su pasado también enfilan sus baterías contra Manuela.

El pasado 26 de marzo, un grupo de alumnas de la Universidad Federico Villarreal (Lima) realizaron un plantón de protesta frente al rectorado contra la actitud arbitraria y ofensiva del Decano de la Facultad de Humanidades doctor Ernesto Germán Peralta Rivera, quien se niega a reconocer el Círculo de Estudios “Manuela Sáenz”. Peralta deniega el reconocimiento argumentando: que “como historiador no iba a aprobar que una institución estudiantil lleve el nombre de una mujer que no representa nada para la historia”. El colmo resulta que dijera a la Consejera estudiantil Eugenía Abadía: “si usted se identifica con una prostituta es su problema”. Las alumnas de la Villarreal, en solidaria protesta estudiantil, respondieron con todas sus letras a la autoridad: ¡Señor Decano no somos putas!

El decano Peralta, pertenece a esa especie prejuiciosa y alambicada que piensa que la historia se escribe del ombligo para arriba y lo que sucede del ombligo para abajo pertenece a un territorio ajeno a la curiosidad de la historia. Este candor de vieja remolona no tiene justificación. Tal vilipendio equivale a desacreditar el mestizaje, tan rico y tan intenso, en la vida peruana. Este es un desconocimiento elemental de la condición humana que como un río crecido de sentimientos, emociones y pasiones desemboca en el inmenso mar de la existencia.

Algo así como convertir a Pizarro y a su hueste en cortesanos jugando a la matutiru tirulá. Desconociendo esos vínculos misteriosos se ignoran esas circunstancias humanas que nos dieron a un mestizo como el Inca Gracilazo de la Vega. O desconocer la estirpe humana de un Grau que surgiendo del amor prohibido se encumbra por su magnanimidad y estatura humana. Ignorar la vida es negar la esencia de la historia. Colocarse cerrojos y candados en el cerebro con prejuicios es hoy una manía de solteronas condenadas a las islas, siempre complicadas, de su soledad.

No pensaban ni denostaban así de la quiteña intelectuales apristas como Luis Alberto Sánchez. Nunca avaro en la admiración ni remilgoso en el elogio a Manuela. Conspiradora, apasionada pero audaz y valerosa. O los indoamericanos: Germán Arciniegas, quien dijo que a la Libertadora no la dejan de ofender las cucarachas cerebrales tan dadas al veneno de la injuria. O el maestro Otto Morales Benites, quien sostiene, que ignorar la presencia de la mujer en el proceso de la emancipación es desconocer que la libertad antes de transformarse en la beligerancia de la guerra separatista fue un sentimiento en el corazón de nuestras mujeres. Ignorar este sentimiento no es un buen signo de gratitud humana. No bebieron de las charcas de la injuria Oleary, Palma , Neruda y los numerosos biógrafos documentados de la quiteña.

Sor Juana Inés de la Cruz, monja mejicana universal, tiene una redondilla precisa para los peraltas y riveras mentales, especie académica tan dada a la ofensa gratuita y a la interpretación torcida de las cosas: “Hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón, / sin ver que sois la ocasión / de lo mismo que culpáis”. Esta cofradía insomne que se detiene en la admiración de la Libertadora no puede ser indiferente a la protesta estudiantil y a todas las rebeldías invocadas en nombre de ese huracán de libertad llamado Manuela Sáenz.

jueves, 10 de enero de 2008

MANUELA SAENZ EN PAITA:UN OCASO ALTIVO (1835-1856)

Manuela (Oswaldo Guayasamin)
Bolívar
Garibaldi
Paita


Por: Juan José Vega (13.9.1932- 8.3.2003)

En 1856, un 23 de noviembre, exactamente, murió en Paita Manuelita Sáenz, la mujer que más amó Simón Bolívar. Fue víctima de una peste de difteria; por esta razón no la sepultaron en el cementerio, sino en las afueras de aquel puerto, en fosas comunes, con los demás apestados. Estudiosos y poetas han fracasado hasta ahora en el empeño de ubicar los restos de Manuelita. No obstante hoy se abren nuevas posibilidades de localizar sus extraviados despojos. Quizá no estén del todo perdidos los rastros de esta mujer excepcional.

¿Mujer excepcional? Sin duda. Compartió proezas con Bolívar, pero el recuerdo histórico se ha centrado mucho más en el hechizo que ejercía que en su patriotismo, su coraje su inteligencia. Un falso moralismo también la ha dañado, pues de no medir su belleza y su desbordante pasión por el Libertador, tal vez la conoceríamos como heroína de de las historias oficiales, por méritos propios. Finalmente, calumniándola, los historiadores de nuestras oligarquías –rencorosas de Bolívar- también le han arrebatado una porción de su gloria. Con su vida independiente además fue feminista antes del feminismo; su orgullo y franqueza ahondó envidias y enemistades que aún perduran.

“JULIETA HURACANADA”
“Julieta Huracanada”, “angel color de espada” y “rosal hasta en la muerte errante”, llamó Pablo Neruda a Manuelita Sáenz. Conspiradora desde los días iniciales, en 1820 fue casada con extranjero, una de las coautoras de la subversión militar en el famoso batallón Numancia, que custodiaba Lima. Esa peregrina de América que gustaba también de lanzar arengas inflamadas y vestir uniforme. Amazona en campañas increíbles, fue a la par hembra dulcísima. Sabía escribir cartas inauditas y no faltan los que sostienen que también garabateó poemas. Consta que fue lectora de clásicos de la talla de Plutarco y de Tácito, así como de Cervantes y Tirso e, igualmente, de nuestro Gracilazo, que también era suyo porque ella nació en el gran Perú de Otrora.

Tomada Lima por José de san Martín, ella había respaldado en los salones limeños, con firmeza, la política de Bernardo de Monteagudo, el jacobino de la época, hombre que, lejos de estridentes fariseísmos prefería una monarquía progresista a un republicanismo estentóreo y reaccionario. De garra política, esta Manuelita se había ganado ya en Lima la Banda de Caballeresa de la Orden del Sol del Perú cuando Simón Bolívar la conoció en Quito en 1822. Tenía entonces 25 años.

No cabe en unas líneas la epopeya que Bolívar y Manuelita vivieron a salto de mata, por ocho años. Bastará señalar que se tenían lo que llamamos “camote”, pues fue amor que sobrevivió entre pleitos, andanzas e infidelidades, naturalmente en medio de batallas y sublevaciones sobre cinco países. Ella lo acompañó a Trujillo y lo siguió de cerca en las campañas de Junín y Ayacucho, marchando a la retaguardia del ejército patriota. Alguna vez Bolívar la calificó “ La Libertadora del Libertador”. Fue cuando en Bogotá, espada en mano, semidesnuda, saltó del lecho para contener a los conjurados liberales que esa noche pretendieron asesinarlo; le dio así tiempo para saltar por un balcón al río. “Mujer única” la había llamado cuando el apogeo y la gloria; “no puedo estar sin ti” le escribió una vez ( lo cual en Bolívar era mucho decir). Fue Manuelita uno de sus consuelos, epistolares en la etapa final, cuando desecantado él exclamaba :”¡ he arado en el mar!”.

Cuando Manuelita recibió una carta con la noticia de la muerte de Bolívar, angustiada se hizo picar por una serpiente cual nueva Cleopatra. Salvó con dificultad. Luego la frustrada suicida –tras varios desengaños políticos-decidió exiliarse. Había muerto también en las guerras civiles su querido hermano,un bolivarista a ultranza. Temperamental como era ella remató cuanto tenía y se marchó. Se vino a nuestra Paita, donde habría de vivir, penosamente en los últimos veintiún años de su vida. Jamás quiso volver a Quito, donde había nacido. Ni a su patria nueva, el recién nacido Ecuador.

Hace algunas semanas, regresamos a paita después de muchos años atraídos por una nueva versión brindada por Miguel Godos en torno al sitio donde podrían reposar los restos de manuelita; Godos, conocedor de mil y un secretos de la Historia de Piura, poseía un rastro. Gracias al Alcalde de Piura; Dr. Luis Paredes, pudimos contar con una fuerte camioneta que permitiera transitar por caminos todavía destrozados por las inundaciones y las lluvias. A marchar con el grupo invitamos a Isabel Ramos Seminario, de quien sabíamos su veneración por la memoria de Manuelita. Paita, con crisis y todo, es ahora un puerto bastante moderno. Muy diferente lucía el sitio en 1835.

A nadie confesó jamás Manuelita las verdaderas razones que la impulsaron a marchar luego a Paita, a un retiro solitario, apenas acompañada por su fieles criadas. Lo hizo al parecer por orgullo, temió exponerse a vengativos desdenes que de seguro le hubieran hecho de haber seguido viviendo en las grandes ciudades donde había lucido su esplendorosa majestad.

Para muchos resultó inexplicable que una mujer excepcional como manuelita, en quien armonizaban perfectamente hermosura e inteligencia, abandonara para siempre los placeres del mundo cuando apenas frisaba los 33 años de edad. Pero quienes la conocieron íntimamente comprendieron que ello obedecía sólo al gran amor que tuvo ella por Bolívar. Habiéndolo perdido para siempre, quiso vivir sólo de su recuerdo, juzgando de que ningún otro hombre podría desplazarlo de su memoria. Por eso se desterró voluntariamente, y –tal vez contra lo que hubiese querido- vivió aún muchos penosos años.

Paita, “pueblito costero del Perú, con continuidad eterna de sol lleno de polvo gris y de una adormecedora monotonía”, permitió a Manuelita una cierta tranquilidad que jamás había tenido. Escogió para habitar una humilde casita, teniendo por única compañía a sus críadas.

¿COMO ERA LA PAITA DE 1835?
¿Cómo era la Paita a la cual llegó Manuelita en 1835? Pues pobres y triste, bastante más que otros pueblos costeños de la época. Un informe de fines del siglo XVIII, poco después recogido en el Diccionario Geográfico de Antonio de Alcedo, revela que en Paita con excepción de tres edificios (la iglesia entre ellos), “las casas son bajas y las paredes de tierra y cañas”. Doce años antes que llegara ella a esas tierras nuestra protagonista, un marino francés, René Lesson, había escrito lo siguiente: “La mayor parte de las casas son cabañas construidas con cañas bravas,...los intersticios de estas cañas se llenan con barro o arena arcillosa, aunque tan imperfectamente que sus paredes suelen parecerse a una criba. Los techos, de cañahejas de estanques, y que son traídas de lejos, se apoyan en troncos de bambú, tan sólidos como graciosos y ligeros. El aire penetra por todas partes de estas sencillas viviendas desprovistas de muebles. Las casas de las personas notables están edificadas con fragmentos de piedra arenosa y de conchas, cubiertas de modo que tienen una galería en el primer piso…Las calles de Paita son derechas y las cabañas colocadas en dos o tres filas..,algunas tiendas bordean el mar y ha sido instalado un cómodo desembarcadero…en la parte meridional hay talleres para pequeños navíos. ( Hay) dos iglesias y pese a que están techadas de paja constituyen los más suntuosos monumentos de este lugar miserable”.

El menaje de las viviendas paiteñas era harto pobre; y por costumbre la hamaca fue insustituible en las casa de toda categoría. La población – decíase - sumaba entonces unos mil quinientos habitantes, con mayoría abrumadora de una confusa mezcla de indios tallanes, zambos y mestizos. Paita cambio un tanto al surgir la gran caza de ballenas como una nueva industria en el mundo, se convirtió en un centro de abastecimientos, sobre todo para naves norteamericanas. En un pequeño barrio hasta tuvo su “paraíso de Mahoma…con proveedores de de hospitalidad barata” para los marinos. Era famosa también la picantería de José Chepito, según escritores de la época. Por esta posición ballenera la ciudad , en general, no debió decaer tanto, como si sucedió en todo el Perú al advenimiento de la República. Cuando menos hubo en estos años un falso progreso, “de enclave”.

Como sitio al cual acudían algunos balleneros norteamericanos al largo de todo el año a fin de acopiar provisiones aludió a Paita el merino yankee W.S.W Rushenberger en 1833. A esa Paita recaló Manuelita, nauseada de traidores y de cobardes, que entonces la atacaban con saña, tras haberla temido y adulado.

La llegada de Manuelita casi coincidió pues con el inicio de el pequeño “boom” ballenero. Algo prosperó el sitio, antes sus ojos Kart Scherzer, un viajero alemán que visitó Paita en 1859,creía que la población podía llegar a cuatro mil habitantes, sin duda no calculó bien; era menor. Pero debió contar con cifras precisas de otra naturaleza; dijo que anualmente anclaba en Paita entre cuarenta y cincuenta navíos de caza de ballenas. Allí se proveían de provisiones frescas, de la buena agua de Amotape, traída en mulas; y de carbón. Deducimos que también descansaba la marinería y la oficialidad, antes y después de las travesías según casos Y que naturalmente, se divertían. Muchos marinos pasarían por la tenducha de Manuelita en pos de buenos cigarros, algunos souvenirs, bordados, dulces. Fue una clientela que le cayó del cielo. En cuanto al puerto mismo, el citado Scherezer calculó en unas veinte embarcaciones (botes, chalanas, lanchas, balandras) que estaban en la rada.

Las exportaciones visibles en los embarcaderos de esa Paita eran sombreros de paja, pieles de cabra, de fibras y aceites de fríjol ricino y fríjol piña, para combustibles y jabones. Ricardo Palma escribiría en Paita en 1856, que “las calles eran verdaderos arenales”; y el sabio alemán Ernst Middendorf, al pasar por allí unos quince años después dejó una descripción, donde todavía señala que “la plaza es un arenal”, que las viviendas siguen siendo “de barro y caña” y que las calles son “caminos desiguales, sin pavimento cubiertas de denso polvo” y “la iglesia parece un ruinoso depósito”.

El “boom”, a lo que se ve no había dejado muchas huellas en el portichuelo, que cuando a la visita del gran peruanista germánico había ya perdido su pequeño ímpetu económico. Retrocedemos ahora unos tres decenios para retornar a nuestra protagonista.

Así, Manuela a secas. Manuela y no Manuelita, porque de tal modo se llamaba a si misma esa brava hembra. Y solía decir también “la Sáenz”. A veces espetaba de esta forma su nombre, en algunas discusiones. Tal por lo menos, como advertencia, se lo dijo a una mujer que intentó cruzarse en su camino, frente al Libertador: “Yo soy la Sáenz”.

Pero estas son otras, historias y no estábamos ahí para tratarlas. Nos ganaba la imagen de manuelita en su altiva desventura. Así los tres, Chabela, Miguel y yo, con otros amigos empezamos a evocar la Paita de esos tiempos, desde la Paita asaltada por Lord Thomas Cochrane en sus incursiones precursoras de las campañas de José de San Martín quince años antes que Manuelita arribara. Y, sin querer casi, comenzamos a recordar el final trágico de la vida de esa mujer heroica; una existencia que empezó tan desventuradamente.


MANUELITA EN PAITA

Fue pues una pequeña Paita, casi toda de “quincha” –esto es de caña y barro- y llena de insectos termes, con calles que “parecían arenales” a la que llegó Manuelita en 1835. Empezaba a agravarse su reuma (del cual ya se quejaba hace cinco años atrás) y no sabemos si trajo sus perros Santander, la Mar, Córdova y Páez. Pero si consta que de inmediato, enfrentando resueltamente la vida, puso una tiendita en cuyo cartel se leía “Tobacco, English spoken Manuela Sáenz”. Fue en verdad un fin que pudo haber inspirad a Esquilo una tragedia. Ese día recorrimos Paita de un extremo a otro ayudados por unos cuantos libros, documentos y remembranzas. Hicimos una retrospectiva, evocando a la olvidada heroína. Los recuerdos empezaron con un célebre novelista.

EL AUTOR DE “MOBY DICK”
Manuelita, quien había llegado a Paita ya con treintaiocho años a cuestas, se defendió como pudo. No sólo vendía cigarros y souvenirs a oficiales y marineros de los navíos que recalaban en el puerto. También expendía dulces y adornos diversos. Como flores artificiales. Asimismo, tejía. A veces arrendaba una habitación “muy limpia”. Igualmente, gracias a su conocimiento del inglés y del francés, en ocasiones dictaba oficios o traducía textos y declaraciones en una administración portuaria discreta, pero cada año más amplia debido al tráfico ballenero. Paita se iba convirtiendo en lugar de paso de los navíos que venían desde los Estados Unidos a recoger presa de lejanos cetáceos.

En aquella Paita no faltaron incidentes judiciales, disputas y crímenes de taberna.
Motines tampoco. Un de estos fue el protagonizado por la marinería del “ Acushnet”, recordable porque entre quienes desfilaron por el tribunal – tal como lo ha recordado Víctor von Hagen- estuvo un muchacho grumete cuyo nombre aún nada significaba, Herman Melvill.

El futuro autor de “Moby Dick” se fijó en ella y recordaría la forma altiva como soportaba su desgracia; evocó más tarde con cariño la figura de Manuelita, ya madura, entrando en Paita “montada en borriquillo gris, con la mirada fija en las paletillas, en el juego de la cruz heráldica de la bestia”.

EL ACCIDENTE
La dureza de esa vida solitaria se le complicó horriblemente a causa de una caída. La vieja escalerilla de su pobre casa cedió un día y rodó, quebrándose la cadera; nunca se recuperó. No sólo fue desde entonces incapaz de caminar, sino que ni siquiera podía subirse a una bestia. Ella había recorrido gran parte de América a pie y caballo y había bailado en todos los palacios, pero tuvo que resignarse. Su vida a partir de ese momento habría de transcurrir entre su hamaca y un sofá. El accidente ocurrió en los principios de la década del 1840.

Para entonces el gobierno de Nueva Granada no le devolvía sus bienes y en Bogotá hasta quemarían sus cartas y documentos como una “vergüenza para el Libertador”. En Quito, donde la detestaban, los bienes familiares seguían envueltos en una maraña judicial si n termino. Peor era en el Perú, donde la oligarquía siempre la aborreció. Nuestro país gozaba en la orgía del guano. Se multiplicaban fortunas mal habidas sobre la base del robo al fisco, se dilapidaba.. pero nadie se acordó de Manuelita y ella en su orgullo fue incapaz de pedir un centavo. Ni siquiera le giraban una pequeña pensión que le correspondería como Caballeresa de la Orden del Sol. Bastante daño también le causó el retorno al Perú de José de la Riva Agüero ( el que pactó con los españoles a espaldas de Bolívar) y, todavía más daño, el asilo concedido al general José María Obando, el mismo que asesinó al Mariscal Antonio José de Sucre, a traición; individuo éste que fuera enemigo acérrimo del Libertador y que habría de gozar de una considerable influencia en Lima.

Algunas nuevas amistades paiteñas ayudaron entonces a manuelita, sobrevivía con estrechez. Inválida mantuvo la tiendita, pero su capacidad de acción disminuía. Había engordado mucho tras el accidente. Además debía sostener a las tres criadas que la rodeaban y que jamás quisieron separarse de ella.

Felizmente un personaje de influencia local, Alexander Rudens, Cónsul de los Estados Unidos en Paita, la apoyó en estas lamentables circunstancias; también otros del lugar. Algo después, muy lejos asesinaron a su esposo, el naviero inglés James Thorne, a quien no veía media vida atrás. Este le había dejado en testamento ocho mil pesos. En realidad, le devolvía exactamente la dote familiar que Manuelita aportara al matrimonio de 1817. Era una suma que le habría aliviado, peor en Lima seguían odiándola y el caso de este legado también se enredó en la madeja tinterillesca. Nunca pudo cobrar esa suma ni otra. Ni siquiera con la “Información de Pobreza” que se levantó en Paita, donde declararon varios de sus amigos, dejando constancia que vivía en un “miserable altillo..buhardilla alta..miserable”, “ a expensas de la piedad de sus amigos”, “tirada en una hamaca, sin poder moverse”. Rudens, admirador de Bolívar, quien fue el primero en prestarle indispensables auxilios, ayudó nuevamente en este caso. Pero todo fue en vano. Lima – que se divertía en nombre de la patria- nada quería saber con “ la amada de Bolívar”.


GARIBALDI: “CON LAGRIMAS”

Uno de los grandes que se postró ante la inválida fue quien al poco habría de convertirse en el legendario héroe de Italia, Guiseppe Garibaldi, indiscutido líder de los “camisas rojas” y de la libertad de su patria. No hizo en Paita sino visitar a Manuelita; él mismo lo contó en sus Memorias con indudable acento de emoción.
“Desembarcamos en Paita, donde pasamos el día. Fui amablemente recibido en la casa de una afectuosa dama que estaba clavada en el lecho por un ataque de parálisis que le impedía el uso de sus miembros; pasé la mayor parte del día en un sofá junto al lecho de la dama”.
“Doña Manuelita Sáenz era la más amable y cortés matrona que haya visto jamás. Había disfrutado de la amistad de Bolívar y conocía los más minuciosos detalles del gran Libertador”.“Me despedía de ella muy emocionado. Los dos teníamos lágrimas en los ojos, sabiendo con seguridad que era nuestro último adiós en esta tierra”.

OLMEDO: GRACIOSA Y GENTIL
Por esos años , en 1846, antes de regresar a Guayaquil, el poeta José Joaquín Olmedo se detuvo en Paita, donde se entrevistó con el joven Carlos Bello, hijo de su cordial amigo don Andrés y también con la célebre Manuelita Sáenz, avecinada en ese puerto, de la que escribió frases poco conocidas que dicen: “ Doña Manuelita de Sáenz era la más graciosa y gentil matrona que yo hubiera visto hasta ahora. Había sido amiga de Bolívar, conocía las circunstancias más minuciosas de la vida del Libertador de la América del Sur. Esta vida consagrada completamente a la emancipación de su país y las altas virtudes que le adornaban, no valieron para sustraerla al veneno de la envidia y del fanatismo que le amargaron sus últimos días. Es siempre la historia de Sócrates, de Cristo, de Colón y el mundo que da siempre presa de las miserables nulidades de la vida que saben engañarlo”.

Olmedo había cantado a Bolívar en versos que hoy inmortales. Tal vez pudo haber ayudado a Manuelita, porque esta le guardaba algún aprecio; pero los años y la enfermedad lo ganaron; falleció el año siguiente en el Ecuador,decaído y achacoso.

A principios de 1854, Manuelita habría de sufrir un golpe moral la muerte del maestro Simón Rodríguez, aquel viejo que entendía su genialidad y orgullo, porque en el fondo ambos eran seres idénticos; acorralados por la miseria en rincones del mundo. Escudados en su propio orgullo.

Triste fue el tránsito final del gran Simón Rodríguez. A juzgar por lo registrado en una información publicada en “ El Comercio” del 5 de marzo de 1854, residía el en Tumbes o en Paita. Dice así ese informe:
Paita,febrero 26 de 1854. “En Amotape, pueblo del río Chira está muriéndose el conocido señor don Simón Rodríguez, ayo del Libertador Bolívar, que en viaje de Tumbes a este puerto no ha podido pasar adelante. Su miseria es extremada,pero algunas personas caritativas de aquí han formado una suscripción para proporcionarle los medios de aliviar sus últimos momentos”. Debio pro,over esa colecta Manuelita Sáenz.
Pocos ayudarían al empeño de colaborar en el sepelio de “ el colombiano”, como muchos le decían. En cualquier forma, se deduce de la información que la pequeña colecta se emnvió. No sabemos el fin en que se usó en Amotape. Es probable que sirviera para pagar el modesto sepelio. Lápida no hubo; sospechamos que tampoco tuvo ataúd y que fue enterrado en cuerpo. Lo sepultaron en la misma iglesia; como era costumbre todavía aún durante esa época tratándose de pueblos pequeños.

Manuelita, inválida no pudo cruzar el desierto y dar la despedida a su ilustre e idolatrado amigo.

OTRAS VISITAS EN PAITA
Así se arrastraron las semanas, los meses, los años. De vez en cuando le llegaban cartas de fieles amigos, como el general Florencio O´Leary , quien se basó en documentos de manuelita para reconstruir una parte de la información bolivariana para una vasta colección que sería luego mundialmente célebre. Pero casi siempre las cartas traían malas noticias, de ingratitudes en especial. Más la atacaban quienes más ayuda habían recibido de sus manos. En medio de estas amarguras, siempre cubiertas con una sonrisa, tuvo Manuelita la satisfacción de recibir en Paita la visita casi increíble de un viejo amigo, de un sabio anciano y aventurero expulsado de todas partes. Era un octogenario que viviría casi de la mendicidad, recién instalado en una aldea cercana, el pueblito tallán de Amotape. Era Simón Rodríguez el maestro de Bolívar, el hombre a quien el Libertador siempre había reconocido como su formador inicial y como consejero franco. Hasta Ministro de Educación había sido, más no era entonces sino un peregrino montado en un burro flaco.

Por esos años –como lo registra Evaristo San Cristóbal – también llegó a verla el culto médico peruano Adán melgar. Venía de Europa y en sus charlas con Manuelita le oyó decir con altivez: “ Si el libertador hubiera nacido en Francia habría sido más grande que Napoleón”

Ahora bien , ¿conoció el joven Grau a Manuelita?
Es completamente posible; lo raro sería que no la hubiera conocido. Grau nació en tierras piuranas en 1834, el año anterior a la llegada a Paita d esa mujer muy célebre entonces. Habiendo transcurrido en la pequeña Paita buena parte de la juventud del héroe y siendo puerto de su arribo y de embarque en numerosas ocasiones, resulta casi imposible que no la hubiera tratado. La opción aumenta si nos atenemos a la humanidad de Grau, a quien debió preocupar el infortunio que arrastraba a tan cautivante mujer; la cultura de ella debió ser otro punto posible de contacto. En todo caso un asunto que aún guardan los archivos y las cartas inéditas.

Una tradición oral señala, que Paula Orejuela, la “Morito” una de las ahijadas paiteñas de Manuelita, era hija de la comadrona que ayudó a dar a luz a la madre de Grau.

PALMA: “MAJESTAD DE REINA”

El último personaje importante que vio a Manuelita fue nuestro tradicionalista Ricardo Palma , Muy joven, éste se enroló en la Marina huyendo como él cuenta de las complicaciones derivadas de cierto “ amorcillo de estudiante”. De manuelita ya casi nadie se acordaba en el Perú y Palma ignoraba su existencia. Ni siquiera hallándose en Paita a bordo del “Loa” supo de ella. Fue un francés quien, paseando por la ciudad, le habló de la compañera de Bolívar. Concurrió a visitarla de inmediato.

Pudo apreciar la estrechez en que vivía:”los muebles de la sala no desdecían en pobreza, un ancho sillón de cuero con rodaje y manizuela y vecino a éste un escaño de roble con cojines forrados de lienzo; gran mesa cuadrada al centro; una docena de silletas de estera de las que algunas pedían inmediato reemplazo; en un extremo tosco armario con platos y útiles de comedor y en opuesto una cómoda hamaca de Guayaquil. Vestía pobremente, pero con aseo y bien se adivinaba que ese cuerpo había usado en mejores tiempos gro, raso y terciopelo”. La vio “con la majestad de una reina sobre su trono”.

Plama, quien quiso muy poco a Bolívar, no es avaro en elogios a Manuelita. Habla de su “cortesana naturalidad”, de su “perfecto tipo de mujer altiva” y su palabra “fácil, correcta, nada presuntuosa dominando en ella la ironía”. Alude también a su “distinción” y reconoce que nunca bajo a tierra “sin pasar una horita de sabrosa plática con doña Manuelita Sáenz”.

Es interesante una de sus remembranzas: “ recuerdo también que casi siempre me agasajaba con dulces hechos por ella misma en un braserito de hierro que hacía colocar”.

LA “MORITO”


En sus últimos años, una chiquilla también le ayudaba en algunos menesteres, la mentada Paula Orejuela, su ahijada. A esta mujer, muy anciana ya, alcanzó a conocer el joven Luis Alberto Sánchez, hacia 1924.

“Yo la quería mucho, mucho. Con sólo verla daba ganas de quererla y respetarla. Era una señora alta, robusta , de cara redonda” le dijo.
“¿Y nunca le habló de Bolívar?,interrogó Sánchez a la vije mulata, respondiéndole ella: “ Jamás señor. Ni siquiera vi un retarto de él, a pesar de que la acompañé durante tanto tiempo” ; y precisó que “ no había recuerdos del Libertador en casa de Manuelita”, lo cual indica que, por temor no decía la verdad o que, sencillamente, por su corta edad, la “Morito” jamás tuvo acceso al cofre de las cartas ni a otros recuerdos del Libertador.

Esa “Morito”, nos da los rastros finales de Manuelita, a quien al parecer – y es de recalcarse- amaban mucho las personas que la servían (lo cual daba pábulo a feroces calumnias). Decía que “vivía retirada en su casa, haciendo flores. No tenía dinero y había que ganarlo para pasar mejor la vida. La ayudaban sus dos sirvientas, Dominga y Juana Rosa, las dos muertas hace tiempo. Yo iba siempre y la ayudaba también. Hacíamos flores de trapo y luego las vendíamos. Trabajaba mucho, todo el día cosía sus flores y nos auxiliaba a las tres. Las tres trabajábamos juntas. Y ella con nosotras. No era orgullosa sino con la gente de afuera”.

LA PESTE
Una mal día de noviembre de 1856,desembarcó en Paita un marinero con “la abominable e infernal enfermedad de la garganta” Se desató la difteria. La inválida no pudo huir a través del desierto, como otros lo hicieron. Su servidora María Rosa, que por lealtad permaneció con ella, murió primero. Luego la peste cobró su más ilustre víctima. Fue en la tarde del 23, a las seis. Estaba muy cerca de los sesenta años de edad. Sus pertenencias fueron arrojadas al fuego; así acabó en las llamas el cofre donde guardaban con tanta devoción las preciosas cartas de Bolívar y quien sabe que otras reliquias del Libertador.

DONDE FALLECIO

En Paita subsiste una casa que lleva placa contemporánea alusiva a Manuelita, pero, por su factura moderna no parece coincidir con las descripciones del siglo pasado; tampoco la del balcón que la “Morito” señaló; y aún existe una tercera. Probablemente, manuelita vivió en más de una casa en los veintiún años que pasó en Paita y posiblemente la tradición oral aluda en cada caso más al sitio que a las construcciones mismas. Por otra parte, conforme nos mostró el culto párroco de Paita, Padre Palacios, sus libros parroquiales registran un gran incendio en el puerto el 9 de octubre de 1884, que destruyó cincuenta casas, siniestro de del cual dieron cuenta los diarios de la época, sucintamente.

LA POSIBLE TUMBA


“El Libertador es inmortal, aunque lo queman no muere” , había escrito Manuelita, anticipándose a la inspiración tupacamarista de Alejandro Romualdo en su más famoso verso. Fue en los días terribles de 1830, tiempo en que despojado de poder muchos lo calumniaban a mansalva y los envidiosos más cobardes hasta lo insultaron. No podía sospechar que la metáfora vendría doblemente para ella, porque vive, aun cuando los sepultureros, quizá la quemaron algo con chamizas o por lo menos arrojaron su cuerpo a las improvisadas tumbas colectivas que se abrieron a raíz de la peste.

Sus huesos, sin embargo, serían identificables –si no se calcinaron- gracias a la fractura de la cadera.

Ahora bien,¿dónde se abrieron las fosas comunes?
No fue en el cementerio, que por eso no conserva sus restos; tuvo que ser en las afueras y por sitios donde nadie transitaba, esto es hacia el sur. ¿El lugar preciso?. Versiones orales recogidas de labios de ancianos por Miguel Godos indicarían que fue en la cumbre de un pequeño morro que allí existe y donde hallamos todavía unas pocas cruces dispersas, más recientes. Lo cual revelaría que el sitio se volvió a usar como campo santo –panteón de menesterosos , clandestino parece tiempos después, cuando de la peste no quedaba sino la tradición entre la gente más vieja del puerto.

La cumbre del morro era conocida con la sospechosa denominación de lazareto” en la versión oral popular porteña, según el mismo Godos, circunstancia que aumenta la opción de haber sido realmente aquel lugar el cementerio de las víctimas de la peste; pero el sitio bien pudo ser también en las cuchillas del morro y arriba pudo estar un precario hospital. En todo caso, la ruda eminencia donde se divisa íntegra la enorme rada y se columbra el océano, constituye el pedestal de la gloria de esa extraordinaria mujer a la cual Neruda cantó con sus mejores versos, mientras buscaba sus restos inhallados:

“ Y ella está aquí, pero
Ya nadie
Puede reunir su
belleza”.


De la cumbre pelada del morro arrancamos una flor rarísima en esos pedregales. Era rojo oscuro, la pusimos en manos de quien mantiene vivo el fuego de veneración por Manuelita. (28.05.1987)

sábado, 22 de diciembre de 2007

MANUELA SÁENZ: UNA HISTORIA DE LA COOPERACIÓN ECUATORIANO-AMERICANA


Por Manuel Chiriboga.-*

Durante su exilio en el Perú, algunos académicos creen que Sáenz evolucionó hasta convertirse en una significativa pensadora política, proponiendo un nuevo papel para las mujeres como líderes de la sociedad civil en los países independientes de América del Sur.

Posiblemente ningún capítulo de las relaciones entre los Estados Unidos y Ecuador es tan poco conocido como la historia de Alexander Ruden, cónsul de Estados Unidos en el puerto peruano de Paita, quien extendió su amistad y ayuda a Manuela Sáenz, una de las figuras más sobresalientes del Ecuador, mientras vivió exiliada en esa ciudad desde 1835 hasta su muerte en 1856, debido a una epidemia.

Entre las décadas de 1830 y 1850, Paita, localizada en la costa norte del Perú cerca de la frontera ecuatoriana, fue un puerto marítimo próspero y vibrante donde se abastecían cientos de barcos balleneros de Nueva Inglaterra antes de aventurarse a las aguas del Pacífico. La ciudad disfrutaba de una época de bonanza; era el sitio de encuentro de prominentes figuras internacionales y estaba llena de nuevas ideas. De hecho, Paita fue tan importante que el gobierno de Estados Unidos nombró a Alexander Ruden cónsul en esa ciudad para que velara por sus intereses.

El cónsul Ruden ayudó a Manuela Sáenz durante un periodo difícil de su vida, proporcionándole trabajo como asesora y traductora, y recomendando sus servicios a los capitanes y marineros norteamericanos que visitaban regularmente el puerto de Paita. Igualmente significativo fue el hecho de que cuando se bloqueó el ingreso de la correspondencia de Manuela al Ecuador, Ruden utilizó el correo diplomático para que ella pudiera continuar comunicándose con líderes nacionales e internacionales, circunstancias que le permitieron el desarrollo de su activismo político y la difusión de sus escritos. La carta que Manuela Sáenz envió al presidente Juan José Flores con fecha 12 de julio de 1840 demuestra claramente que fue Ruden quien le facilitaba su correspondencia con Ecuador cuando esta fue interrumpida e interceptada por sus adversarios políticos. Si bien amerita mayor investigación, es posible que esta mujer tan observadora e inteligente, estudiosa de los clásicos, y quien hablaba un inglés fluido, haya sido influenciada por su interacción con Ruden y otros estadounidenses en Paita.

La historia de Ruden y Sáenz es descrita por el historiador Víctor von Hagen en su libro titulado Las cuatro estaciones de Manuela, así como en la correspondencia de Sáenz a Juan José Flores. En este sentido, von Hagen reportó lo siguiente:
“Alexander Ruden –a quien la gente del pueblo llamaba don Alejandro– había ingresado a la escena sudamericana tiempo atrás, viajando por vía marítima a Chile y luego trasladándose al norte en busca de algo que mereciera su empeño... Aprendió algo de español... luego a la edad de 29 años fue nombrado cónsul de los Estados Unidos en Paita, en donde permaneció durante dieciséis años hasta que la industria ballenera comenzó a decaer... Paita se le hizo menos difícil por la presencia de Manuela Sáenz. Conversaban en inglés; ella lo ayudó con las autoridades locales y hacía traducciones cuando el idioma español se encontraba fuera de su alcance. Ruden a cambio pudo aliviar la pobreza de Manuela.
Investigaciones más recientes están otorgando mayor importancia a la correspondencia que Manuela Sáenz enviaba desde Paita, ya que esta evidencia indica que el exilio intensificó en ella su identificación con Ecuador y su preocupación por los peligros que representaba la creciente inestabilidad política. Dicha situación la llevó a proponer maneras de lograr más solidaridad, lealtad y confianza social. Durante su exilio en el Perú, algunos académicos creen que Sáenz evolucionó hasta convertirse en una significativa pensadora política, proponiendo un nuevo papel para las mujeres como líderes de la sociedad civil en los países independientes de América del Sur. Las cartas de Sáenz imaginaban un mundo en el cual la mujer podía participar en la vida política de la nación, a través de asociaciones civiles que generaran un mayor sentido de comunidad, cooperación, patriotismo y estabilidad. Estas ideas pudieron haber sido enriquecidas por su relación con estadounidenses y otros extranjeros en Paita. Sus escritos apoyan aún más a aquellos que sostienen que Sáenz es una de las mujeres más notables de la historia latinoamericana.

Manuela Sáenz y Alexander Ruden fueron unos de los pioneros de las relaciones entre Ecuador y los Estados Unidos. Su historia de amabilidad y solidaridad humana en un pequeño y olvidado puerto es un ejemplo positivo de nuestra duradera amistad y mutua buena voluntad.


*Director Ejecutivo de la Fundación Panamericana para el Desarrollo (PADF), entidad afiliada a la Organización de los Estados Americanos.
Artículo tomado del libro ‘Ecuador y Estados Unidos tres siglos de amistad’

jueves, 13 de diciembre de 2007

“MANUELA SÁENZ SOY YO”





Posteado en: Letras y tiempos
Jaime Manrique libera al fantasma de la portentosa quiteña. No hay exageración al decir que estas páginas serán la mejor opción posible para escuchar –sí, escuchar- la voz de Manuela Sáenz, la célebre y arrojada amante de El Libertador que ocupa su propio lugar en la historia de la Independencia. El escritor colombiano Jaime Manrique se vale de una prosa limpia y directa para obrar el milagro con su nueva novela Nuestras vidas son los ríos
Por Oscar Medina — Fotografías cortesía de Jaime Manrique

Resulta difícil silenciar el eco en la memoria de la frase que marca el inicio de esta novela: “Nací rica y bastarda y morí pobre y bastarda”. Esas son las primeras palabras que el lector escuchará con la voz de Manuela Sáenz.
Y es que quizás uno de los mayores méritos del autor de Nuestras vidas son los ríos sea precisamente ese: convencer, lograr la plena seguridad de que éste y no otro podía ser el tono de la entrañable heroína; que es la voz de ella narrando su propia historia y la de su poderoso amor de escándalo y arrebato por Simón Bolívar, a cuya causa libertadora se consagró sin importar las consecuencias y desafiando todo aquello que la sociedad de entonces quiso imponer a su condición de mujer.
El barranquillero Jaime Manrique transformó su obsesión por Manuelita en esta hermosa novela –directa, sin artificios ni trucos- editada primero en inglés y publicada por Alfaguara en su traducción al español. Manrique, quien reside en Nueva York y es profesor en la Universidad de Columbia, suma entre sus títulos los poemarios Mi noche con Federico García Lorca; Tarzán, mi cuerpo y Cristóbal Colón; y las novelas Maricones eminentes, Luna latina en Manhattan, Twilight at the Equator y Oro colombiano.

—Lo primero que llama la atención de la novela es que haya sido escrita originalmente en inglés. De modo que la pregunta es obligada: ¿por qué en ese idioma?

—Escribí mis primeros cuatro libros en castellano. En mi caso, escribir en inglés no es una escogencia sino una necesidad. Salí de Colombia a los 17 años y, desde ese entonces, –con la excepción de varios años en la década de los 70– he vivido en Estados Unidos. A estas alturas, me siento más cómodo escribiendo ficción en inglés que en castellano. Sin embargo, todavía escribo poesía en mi lengua materna.

—Cuando un escritor dedica un libro se infiere en ello una fuerte carga sentimental, tu novela está dedicada a la memoria de Josefina Folgoso. ¿Quién es ella? ¿Qué representa para ti?

—Tuve una amistad con Josefina de más de 40 años. Ella fue mi mentora cuando era un muchacho en Barranquilla. Me dio a leer muchos libros importantes para mí y me llevó a ver las películas de Fellini, Antonioni, Visconti, DeSica, etcétera. Más importante aún, ella era la única persona que me tomaba en serio. Josefina inculcó en mí la certeza de que yo sería escritor. A pesar de la distancia geográfica que nos separaba, vivíamos en constante contacto. En los últimos años de su vida, Josefina fue abandonada por su marido, un político colombiano. Ella, como Manuela, cayó en la pobreza. Yo quería escribir mi novela para reivindicar la vida de mi amiga. Pero ella murió unos dos meses antes de que terminara Nuestras vidas son los ríos. Ocultó su enfermedad, y su gravedad, para que yo continuara escribiendo.

—Buscando información sobre ti en Internet, se topa uno con unas líneas de Wikipedia que dicen así: “Jaime Manrique (16 June 1949-) is a gay, Colombian-American author, poet and journalist”. ¿Te sientes retratado en esa línea?

—Bueno, es la verdad, excepto lo de periodista. No tengo talento para el periodismo. Se les olvidó que desde hace más de 20 años he enseñado literatura y talleres de creación literaria. Esa labor ha sido muy importante para mí. Pero poeta, gay, Colombo-Americano, sí soy todas esas cosas.

—¿Qué circunstancias te empujaron a dejar Colombia hace tantos años?


—Mi madre, a los 47 años, estaba sola y no tenía forma de mantenernos, ni educarnos, a mi hermana y a mí. Así que tuvo la buena idea de emigrar a Estados Unidos. En Barranquilla viví los primeros años de mi niñez, y gran parte de mi adolescencia. Esos son años que marcan a cualquier individuo, sobre todo a un escritor. Mi primera novela corta —El cadáver de papá— sucede en Barranquilla, el último día de carnaval. La ciudad ha aparecido en casi todos mis libros semi autobiográficos de ficción y también en mi poesía.

—En más de una ocasión has dicho que Manuela es un personaje que te obsesionaba. Esta es otra pregunta obligada: ¿Por qué Manuela?

—Porque la admiro profundamente. El libro es un tributo a mi madre, a Josefina Folgoso, a las mujeres más importantes en mi vida. Manuela y yo somos hijos ilegítimos de hombres ricos. Me interesan mucho los “outsiders”, los rebeldes, los no-conformistas, los visionarios, los valientes, y Manuela tiene todas esas características. Después de terminar la novela, concluí que (para robarle la frase a Flaubert), Manuela Sáenz soy yo.

Tu retrato de Manuela difiere del que hizo el escritor venezolano Denzil Romero en su libro La esposa del doctor Thorne. Romero quizás escribió sobre una Manuela más bien disoluta, se hizo eco de algo que se puede resumir como la “leyenda sexual” de Manuela, ¿ese aspecto como de cotilleo histórico no te interesó? ¿Lo obviaste de manera intencional?

—A propósito, no leí la novela de Denzil Romero. Tengo entendido que es una novela magnífica. Yo no sabía que era lo que quería contar acerca de Manuela hasta que le puse punto final a mi novela. Si supiera de antemano lo que quiero decir, no escribiría. Lo que me interesa en el proceso de escribir es descubrir lo que no sé, en las sorpresas que me proporcionan mis textos. Manuela se escribió a sí misma. Yo concibo un personaje, y después ellos toman vida, y de ahí en adelante están fuera de mi control.

—¿Existen suficientes documentos históricos para recrear la vida de Manuela o tuviste que apelar mucho a la ficción?

—Se ha escrito mucho acerca de Manuela, pero se sabe muy poco acerca de su niñez y su adolescencia. Yo decidí “inventar” esos años, porque me parecían clave para entender al personaje. Los años finales en Paita tampoco han sido bien documentados. Pero tenemos las cartas de Manuela; esas cartas me ayudaron mucho a entender los últimos 20 años de su vida.

—En tu investigación visitaste el puerto peruano de Paita, donde la heroína terminó sus días, ¿qué encontraste allí? ¿Cómo es el Paita de hoy?

—El viaje a Paita fue crucial. Allí hay una casa con una placa, donde se dice que tal vez vivió Manuela. Paita es una aldea pobre, caótica, atiborrada de unos mototaxis, que hacen un ruido infernal. Tiene un puerto de pescadores muy activo y el pueblo está rodeado de unas montañas de arcilla, desoladas. Lo que más me impresionó fue el mar sucio, casi muerto, y el desierto que hay que atravesar para llegar allí.
En Paita tuve la fortuna de conocer a Miguel Godos Curay y a su hijo Juan de Dios, quien vive en la casa con la placa. Don Miguel, quien reside en Piura, me dio mucha información acerca de Manuela. En la casa en Paita tienen un libro para visitantes donde la gente que va en busca de Manuela escribe unas cuantas palabras. Fue conmovedor encontrar que personas de todo el mundo han pasado por allí, buscando el fantasma de Manuela. Parece increíble, pero no hay ni siquiera una estatua a Manuela en Paita.

—¿No es como una especie de maldición que dos figuras tan determinantes en la vida de Bolívar como Manuela y Simón Rodríguez encontraran la muerte en la misma zona de Perú?

—No me parece que sea una maldición. Todos tenemos que morir en algún sitio. Es más, ese hecho tiene una especie de justicia poética.

—¿Qué determinó la desgracia de Manuela? ¿Por qué alguien tan hábil y con tanto poder como Santander podía sentirse amenazado por la presencia de Manuela en Bogotá? ¿Acaso ya no era una mujer derrotada tras la muerte de Bolívar?

—Manuela murió pobre y olvidada, pero en últimas, su vida es un triunfo. Los que la persiguieron en vida han sido olvidados, pero ella es inmortal. Santander y Manuela se odiaban a muerte. Ella quería que Bolívar lo fusilara después de la noche de la conspiración setembrina. Muerto Bolívar, Manuela continuó intrigando en Bogotá. Además, mientras estuviese allí, era difícil borrar a Bolívar de la historia.

—¿Hay una lección implícita en la historia de Manuela?—Sí, que la vida sólo vale la pena vivirla con pasión y por un ideal. Y que traicionarnos a nosotros mismos es el peor de todos los crímenes.

—¿Por qué la elección de la primera persona para narrar? ¿Qué trabajo conlleva intentar penetrar la cabeza y el corazón de una mujer tan extraordinaria? ¿No fue esa una elección arriesgada?

—Traté de escribir la novela en tercera persona y no lograba adentrarme en la psicología, ni en el alma de Manuela. Entonces, pasé varios días transcribiendo a mano sus cartas, y así un día, la oí hablar, y pude verla y palparla en mi estudio. De ahí en adelante, fue mucho menos difícil. Fue como si Manuela me hubiese dado su bendición.

—Es notable el recurso de ponerse también en la piel de las esclavas Jonatás y Natán, ¿esa fue tu mayor licencia literaria? ¿Cómo es eso de darle voz a figuras a quienes la historia siempre ha obviado o –en el mejor de los casos- las ha colocado como personajes marginales?

—Jessica Hagedorn, la gran novelista filipino-americana, y amiga entrañable, leyó una versión temprana de la novela y me dijo: “Si vas a tener las esclavas en la historia, tienen que ser verdaderos personajes.” Empecé a buscar información sobre ellas y no encontré nada. Ese silencio es muy diciente. Es como si los negros no hubiesen participado en la gesta de la independencia. La “historia” latinoamericana, es la historia de los criollos, para los criollos. En nuestra “historia” los indios y los negros casi siempre son personajes secundarios. Las voces de las esclavas me tocó encontrarlas en las narrativas escritas por las esclavas norteamericanas y antillanas. Jonotás y Natán fueron la verdadera familia de Manuela, fueron sus amigas, sus sirvientas, sí, pero también sus hermanas. Si de algo me siento orgulloso es de haber desarrollado esos dos personajes que no tenían voz en la historia de nuestra independencia.

—Se presume que la esclava Natán las sobrevivió. En un ejercicio de ficción, ¿cómo
imaginas que fue su vida ya con su propio hogar? ¿le adjudicarías un final feliz en recompensa a sus sacrificios?


—Sí, quería que esa historia terminara con una nota optimista. Quería que en cierta forma Natán y su familia representaran el futuro de los negros en Latinoamérica. En la creación de ese personaje me ayudó mucho una entrevista que le hice a la cantante peruana Susana Baca. Las cosas que ella me contó sobre la historia de los negros en el Perú, los que vivieron y viven cerca de Lima, me abrieron los ojos. Creo que en ese momento fue que comenzó a formarse mi visión del personaje de Natán.

—Manuela le plantea a su esposo Thorne que dejen su convivencia marital para el más allá, una vida después de la vida pero al estilo inglés. Otro ejercicio de ficción extrema:

¿Cumpliría su promesa o se iría nuevamente directo a los brazos de El Libertador?
—Manuela existió para dejarnos su extraordinario y valeroso ejemplo de lealtad a una causa. Tanto en este mundo, como en el más allá, Bolívar y Manuela son inseparables. Por los siglos de los siglos.

JAIME MANRIQUE ARDILA.- Nació en Barranquilla en 1949. Recibió el Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus por su libro "Los adoradores de luna" (1976). En español ha publicado también "El cadáver de papá" (novela, cuentos y traducciones de poesía norteamericana), "Notas de cine", "Confesiones de un crítico amateur" (recopilación de reseñas y ensayos críticos sobre cine escritas entre 1974 y 1978) y "Mi cuerpo y otros poemas" (1999). En edición bilingue ha publicado los poemarios "Scarecrow/Espantapájaros" (1990) y "My Night with Federico García Lorca/Mi noche con Federico Garcí Lorca" (1995) y en inglés las novelas "Colombian Gold" (traducida a varias lenguas), "Latin Moon in Manhattan" y "T wiilight at the Ecuator". En coautoría con Joan Larkin tradujo al inglés poemas de Sor Juana Inés de la Cruz "Sor Juanas’s Love Poems/Poemas de amor" en 1997. En 1999 aparece su libro autobiográfico "Eminent Maricones. Arenas, Lorca, Puig and me". Ha enseñado en el Programa MFA de Columbia University, en Mount Holyoke College, New York University, Eugene Lang College y The New School for Social Research donde ha sido escritor residente. Vive en la actualidad en Nueva York.